jueves, 29 de agosto de 2019

GYANTSE

De Tsetang a Gyantse: el lago Yamdrok, los glaciares del Karola y un festival tibetano inolvidable

El camino entre Tsetang y Gyantse atraviesa algunos de los paisajes más memorables del Tíbet central. 

El río Yarlung Tsangpo acompaña los primeros kilómetros, las montañas van ganando altura y, tras coronar el paso Kambala, aparece el espectacular lago Yamdrok Tso, de un azul intenso que contrasta con las montañas áridas que lo rodean. Más adelante, el paso Karola y sus glaciares anuncian la llegada a Gyantse, una ciudad que conserva buena parte del encanto de la arquitectura tibetana tradicional.

En Gyantse coincidimos con uno de sus festivales, una celebración popular en la que se mezclaban trajes tradicionales, caballos engalanados, carreras, música, danzas y una multitud dispuesta a disfrutar. 

En este artículo encontrarás…

  1. De Tsetang a Gyantse: siguiendo el río Yarlung Tsangpo
  2. El paso Kambala y las vistas del lago Yamdrok Tso
  3. El paso Karola: montañas y glaciares
  4. Gyantse: una ciudad tibetana con historia
  5. El monasterio Pelkor Chode y el espectacular Kumbum
  6. Un paseo por el barrio tibetano
  7. El templo Rabse y un encuentro inolvidable
  8. El festival de Gyantse: tradiciones, caballos y música
  9. La danza Cham y la ópera tibetana
  10. Dónde dormir en Gyantse
  11. Consejos para organizar la visita
  12. Nuestra impresión

De Tsetang a Gyantse: siguiendo el río Yarlung Tsangpo

Desde Tsetang emprendimos el camino hacia el oeste, en dirección a Lhasa, siguiendo durante buena parte del recorrido el curso del río Yarlung Tsangpo, conocido más adelante como Brahmaputra.

·       Salimos a las 8:30 h. En el trayecto pasamos:

  • ·  Samye, a la otra orilla.
  • ·   el desvío hacia Mindroling,
  • ·   la localidad de Dranang
  • · Chitosho, un pueblo tibetano que nos llamó la atención por su animación y su ambiente cotidiano.
  • ·   Más adelante llegamos a Gongkar, cerca del aeropuerto.  En sus alrededores se encontraban dos monasterios: Gongkar Chode y Gongkar Dzong. Este último, encaramado en una loma y aislado sobre el paisaje.
Gonkar dzong

El cruce hacia Gyantse

En un cruce en forma de T alcanzamos la conocida como Carretera de la Amistad, la ruta que conecta Lhasa con la frontera nepalí.

Hacia el norte, Lhasa quedaba a unos 30 kilómetros; hacia el oeste, Shigatse quedaba a 90 kilómetros.

Sin embargo, en lugar de continuar por la carretera principal, tomamos el desvío que nos conduciría por el paso Kambala y el lago Yamdrok Tso. Desde allí seguiríamos hacia Nangartse, el paso Karola y, finalmente, Gyantse.

Entrábamos en la región histórica de Tsang, una zona fundamental en la historia y la cultura tibetanas.

El paso Kambala y las vistas del lago Yamdrok Tso

Después de atravesar varias aldeas, comenzamos el ascenso al paso Kambala, a unos 4.700 metros de altitud.

La carretera, asfaltada y de doble sentido, serpenteaba por la montaña mediante curvas largas y relativamente cómodas.

La recompensa llegó al alcanzar el puerto: ante nosotros se extendía el lago Yamdrok Tso, una inmensa lámina de agua cuyo color azul contrastaba con las montañas desnudas que lo rodeaban.



El Yamdrok Tso es uno de los cuatro grandes lagos sagrados del Tíbet. (junto a Nam-Tso, Manasovar y Lhamo La-tso)

Su silueta irregular se prolonga entre las montañas y cambia de tonalidad según la luz.

En el mirador había varios autobuses estacionados y numerosos viajeros disfrutando de las vistas. 

Después de contemplar el lago, comenzamos el descenso hacia sus orillas 





A las 13:15 h paramos en Nangartse para comer en el restaurante Lhasa.

El paso Karola: montañas y glaciares

A las 14:45 h alcanzamos el paso Karola, situado aproximadamente a 4.960 metros de altitud. 

Las montañas se elevaban a nuestro alrededor y los glaciares cubrían parte de sus laderas.

Durante unos minutos comenzó a nevar. ¡Era la primera vez que veíamos nevar en el Tíbet! 

Tras superar el puerto, la carretera descendió entre valles agradables, siguiendo el curso de los ríos y atravesando paisajes cada vez más abiertos. 

Finalmente, a las 16:30 h, llegamos a Gyantse.

La silueta de su fortaleza, el Gyantse Dzong, apareció mucho antes de entrar en la ciudad. Elevada sobre una colina, dominaba el entorno y anunciaba uno de los grandes atractivos de nuestra siguiente etapa.




Gyantse: una ciudad tibetana con historia

Situada a unos 3.980 metros de altitud, Gyantse es una de las ciudades históricas más interesantes del Tíbet central. 

Su posición en antiguas rutas comerciales la convirtió en un importante punto de paso para caravanas y viajeros. Durante el siglo XV alcanzó una notable relevancia política y religiosa.

Posee tres grandes atractivos:

  • Gyantse Dzong, la fortaleza que domina la ciudad.
  • Pelkor Chode, el monasterio que alberga el célebre Kumbum.
  • El barrio tibetano tradicional, con calles estrechas, casas antiguas y una atmósfera muy diferente de la de las avenidas modernas.

Gyantse se presta especialmente bien a recorrerla a pie. 

Dónde dormir en Gyantse

Nos alojamos en el Hotel JiangZhang, situado en la avenida principal, a los pies de la colina de la fortaleza y en una ubicación muy céntrica.

Nos gustaron sus pasillos decorados con thangkas, sus pinturas religiosas y el acogedor patio. 

Las habitaciones dobles con baño eran cómodas y el desayuno estaba incluido.

En 2011 pagamos 144 yuanes por habitación doble, unos 8 euros por persona según el cambio de entonces. Nos quedamos dos noches porque al día siguiente queríamos asistir al festival.




El monasterio Pelkor Chode y el espectacular Kumbum

Nuestra primera visita en Gyantse fue al monasterio Pelkor Chode, fundado en el siglo XV. 

Entrada 50Yuans-6€ (2011)

El complejo llegó a reunir comunidades vinculadas a distintas tradiciones budistas, entre ellas las escuelas Gelug, Sakya y Buton. Esta convivencia constituye uno de los aspectos más interesantes de su historia religiosa.

El recinto ocupaba una gran extensión y estaba rodeado por una muralla que seguía las irregularidades de la ladera.

Tras cruzar la entrada, avanzamos entre largas hileras de ruedas de oración hasta alcanzar un amplio patio por el que paseaban monjes con sus hábitos rojos.

En lo alto se alzaba la fortaleza de Gyantse, mientras que otro punto destacado era el gran muro ceremonial en el que, durante determinadas celebraciones, se exhibía una enorme pintura religiosa o thangka.

La sala de reuniones

Entre los edificios del complejo visitamos la sala de reuniones, precedida por una entrada custodiada por las figuras de los cuatro reyes guardianes. 

En el interior nos encontramos con una gran sala sostenida por numerosas columnas, decorada con pinturas y figuras religiosas.

La escala del espacio y la abundancia de elementos simbólicos transmitían la importancia que tuvo este monasterio como centro de enseñanza y práctica religiosa.

El Kumbum: cien mil imágenes

El gran protagonista de Pelkor Chode es el Kumbum de Gyantse, una construcción religiosa escalonada que se remonta al siglo XV. 

Su nombre suele traducirse como «cien mil imágenes» y hace referencia a la abundancia de representaciones sagradas que alberga.

El edificio, organizado en varios niveles, reúne numerosas capillas decoradas con pinturas y esculturas. Recorrimos sus pisos y subimos por sus espacios interiores, descubriendo una capilla tras otra. 

Al llegar a las partes altas, las vistas sobre el barrio tibetano y la fortaleza completaban una visita que, por sí sola, justifica acercarse a Gyantse.

La kora del monasterio

También pasamos por las residencias de los monjes y realizamos la kora, el recorrido ritual de circunvalación que se hace alrededor de un lugar sagrado.

En uno de los muros observamos tres hileras de textos religiosos. Cada uno debía seguirse por separado, lo que daba sentido a realizar el circuito tres veces.


GYANTSE DZONG, LA FORTALEZA, se divisaba desde cualquier punto. 


Un paseo por el barrio tibetano

Después de visitar Pelkor Chode nos adentramos en el barrio tibetano tradicional de Gyantse, un entramado de callejuelas estrechas, algunas sin pavimentar, flanqueadas por casas antiguas y muros de barro.



El templo Rabse y un encuentro inolvidable

Un pequeño paseo nos llevó hasta el templo Rabse, en el límite de la ciudad, después de cruzar el canal del Nyang-chu, adornado con banderolas de oración.

En el recinto encontramos un patio central, varios chortens y las dependencias monásticas. Allí descubrimos a una monja que recitaba sus oraciones. Su voz y la tranquilidad del lugar invitaban a detenerse.

Nos quedamos discretamente en una esquina para escucharla. La escena tenía algo hipnótico: la cadencia de la recitación, la quietud y la sensación de estar asistiendo a un momento íntimo de la vida religiosa.

La monja advirtió nuestro interés y, al comprobar que permanecíamos apartados y en silencio, nos hizo una señal para que nos acercáramos. Se llamaba Lopse Gung Choclocló (lo transcribo fonéticamente). Nos invitó a compartir el té bo cha que llevaba en su termo.

Fue uno de esos encuentros sencillos que permanecen en la memoria.

Al salir del templo, seguimos un camino descendente flanqueado por ruedas de oración. Terminó llevándonos hacia la parte occidental del barrio tibetano. Desde allí, callejeando de nuevo, regresamos a las inmediaciones de Pelkor Chode.

Para cenar elegimos el restaurante Tashi, con su decoración y mobiliario de estilo tibetano. Pedimos, entre otras cosas, espaguetis vegetarianos y lassi. La cuenta fue de 285 yuanes en total, unos 57 yuanes por persona.

Al día siguiente tenía reservado un acontecimiento especial.

El festival de Gyantse: tradiciones, caballos y música

Un desfile lleno de color

Coincidimos con el festival de Gyantse. Desde primera hora, una riada de gente avanzaba por la avenida principal en dirección al recinto de celebración. 

Muchos asistentes vestían trajes tradicionales de diferentes regiones y comunidades.

Seguimos a la multitud, fascinados por el ambiente. Algunos transportaban grandes tambores; otros llevaban garrafas de cerveza tibetana y chang, una bebida fermentada tradicional, además de todo lo necesario para disfrutar de una jornada festiva al aire libre.

El recinto estaba formado por tres espacios contiguos. El mayor era una explanada con una pista circular donde estaban previstas las carreras de caballos. Otro, más pequeño y cerrado, disponía de un palco y gradas que pronto se llenaron por completo. El tercero contaba con un escenario destinado a las actuaciones musicales y folclóricas.

Entre los espacios se habían instalado puestos de comida, bebida y juegos, creando un ambiente parecido al de una gran feria popular.






Trajes tradicionales y caballos engalanados

Antes del desfile pudimos observar cómo los participantes se ayudaban unos a otros a vestirse y prepararse. No solo ellos lucían sus mejores galas: también los caballos aparecían cuidadosamente engalanados, con sillas vistosas, adornos y lazos de colores en las crines.

Los instrumentos musicales aportaban aún más variedad al espectáculo. Vimos largas trompetas ceremoniales, platillos, campanillas, pequeños tambores, caracolas y otros instrumentos tradicionales, entre ellos el dramyen, un laúd tibetano.

A medida que se acercaba la hora del desfile, el ambiente crecía en intensidad. Llegaban más grupos, más familias y más participantes con sus vestimentas características. También había monjes y músicos que contribuían al carácter ceremonial de algunos momentos.

Nos sentamos en las gradas junto a varias familias tibetanas. Pronto empezaron a hacernos preguntas y a observarnos con curiosidad. Les divertían nuestros rasgos físicos y, en particular, nuestro vello. Una mujer colocó su brazo junto al mío para comparar el suyo con el mío. Todo sucedía con una espontaneidad y un sentido del humor que nos hicieron sentir bien recibidos.

Mientras tanto, el chang circulaba entre los asistentes y el ambiente se volvía cada vez más animado.

Las carreras de caballos

Las carreras eran de resistencia y los caballos galopaban por la pista. 

Hubo varias caídas sin consecuencias ante el jolgorio general. recordé un pasaje de Siete años en el Tíbet, el libro de Heinrich Harrer:  “Al tibetano le da igual el evento o quien gane y sí mofarse (sin saña) del que le pasa algo”.








Terminadas las carreras, muchas familias sacaron sus provisiones y organizaron el picnic. Nosotros comimos en uno de los puestos, donde servían ganbanmian, "los espagueti musulmanes". Con otro plato de patata y berenjena.  Pagamos 70 yuanes en total, 14 por persona. 1,7€



La feria y las actuaciones folclóricas

Después recorrimos la zona de puestos y juegos. Con dados, ruletas, aros, globos y pelotas. 

El festival no era únicamente una celebración religiosa o cultural: también era una ocasión para reunirse, comer, jugar y pasar el día en familia.






La última parte de la jornada se desarrolló en el escenario. 

Se sucedieron grupos de danza, músicos y cantantes con trajes tradicionales. 

Las actuaciones ofrecían una muestra de la diversidad cultural tibetana.

Logramos colocarnos en primera fila, a la izquierda del escenario. No imaginábamos que nuestra presencia tendría una consecuencia inesperada...






¡Salimos en la televisión!

Aquella noche, al encender la televisión del hotel, descubrimos que estaban emitiendo un reportaje sobre el festival. Y allí aparecíamos nosotros, una y otra vez, en primeros planos.

Nuestra apariencia llamaba la atención y, al parecer, resultábamos tan exóticos para los asistentes como ellos lo eran para nosotros. 

La anécdota nos hizo sonreír: habíamos acudido a observar el festival y terminamos formando parte de su reportaje.


La danza Cham y la ópera tibetana

Uno de los momentos más llamativos de la jornada se produjo entre dos actuaciones. Una presentadora salió al escenario y comenzó a hablar. De pronto, parte del público empezó a abuchearla y a lanzar pequeños guijarros hacia la zona del espectáculo.

Nuestra primera reacción fue pensar que había dicho algo inconveniente. Sin embargo, la explicación llegó enseguida: aparecieron unos danzantes con máscaras que representaban espíritus malignos y los abucheos se intensificaron. No iban dirigidos contra la presentadora, sino contra los personajes de la representación.

Se trataba de una danza ritual conocida como Cham, 

Tenía sus raíces en la fe bön y representaba la victoria sobre los espíritus malignos.

El oficiante era el sombrero negro, sin máscara, rodeado de un grupo mandalico que representaban a diversas deidades.

Así interpretaban el sometimiento de esas deidades demoniacas antes del asentamiento del budismo en Tíbet. 

Después llegaron otras danzas y cantos, así como representaciones de Lhamo, la ópera tibetana, que combina música, canto, narración y elementos teatrales.

Al caer la tarde, la multitud comenzó a regresar a sus casas. Algunos se marchaban en remolques tirados por tractores, mientras el recinto iba recuperando poco a poco la calma después de una jornada intensa.





Consejos para visitar Gyantse

  • Visita el monasterio Pelkor Chode, el Kumbum, la fortaleza y el barrio tradicional 
  • Ten en cuenta la altitud. Gyantse se encuentra cerca de los 4.000 metros. Es recomendable aclimatarse, caminar a un ritmo moderado y evitar esfuerzos innecesarios.
  • Lleva ropa de abrigo. Incluso en verano, los pasos de montaña pueden registrar temperaturas bajas, viento, lluvia o nieve.
  • Comprueba los horarios y las entradas. Las condiciones de visita de los monasterios pueden cambiar. También es conveniente confirmar si se permite fotografiar en los interiores.
  • Respeta los espacios religiosos. En los templos, evita interrumpir las oraciones y pide permiso antes de fotografiar a monjes o peregrinos.
  • Consulta el calendario de festivales. Si quieres asistir a una celebración tradicional, verifica las fechas y las condiciones de acceso con fuentes locales fiables.
  • No tomes los precios de 2011 como referencia actual. Las cantidades recogidas en este relato sirven para documentar nuestra experiencia, no para calcular el presupuesto de un viaje hoy.

Nuestra impresión

Gyantse nos conquistó por la monumentalidad del Kumbum, la fortaleza recortada sobre la colina, las callejuelas del barrio tibetano y la posibilidad de asistir a una celebración popular.

El encuentro con la monja del templo Rabse fue uno de esos momentos que no aparecen en los itinerarios. Una recitación, un gesto de bienvenida y un té compartido bastaron para convertir una visita corriente en un recuerdo especial.

Y después llegó el festival: los caballos engalanados, las familias, las carreras, las danzas, el chang y aquella inesperada aparición en la televisión. 

Una jornada llena de escenas que mostraban el Tíbet no solo como un territorio de monasterios y paisajes grandiosos, sino también como un lugar de convivencia, humor y celebración.

Gyantse nos dejó precisamente esa impresión.

No hay comentarios:

Publicar un comentario