Drak Yerpa, las cuevas
sagradas del Tíbet: monasterios colgados de la montaña
En las montañas que rodean Lhasa, Drak Yerpa es uno de los lugares más sagrados y fascinantes del Tíbet.
Sus cuevas de meditación, pequeñas capillas y templos se encaraman por una ladera rocosa, formando un extraordinario santuario donde la naturaleza y la espiritualidad parecen fundirse.
Por estos parajes pasaron, según la tradición tibetana, grandes figuras del budismo como Guru Rinpoche, Atisha y el rey Songtsen Gampo.
Recorrer sus senderos, entrar en las oscuras cuevas iluminadas por lámparas de mantequilla y contemplar el valle desde las alturas es adentrarse en la historia espiritual del Tíbet.
En este artículo encontrarás…
- De Lhasa a Drak Yerpa por el
valle del Kyichu
- Drak Yerpa, un santuario entre
las rocas
- La ruta de las cuevas sagradas
- Rigsum Gompo y Tendrel Drubpuk
- Jamkhang y la gran estatua de
Jampa
- Chogyal Puk y Dawa Puk: las
cuevas de los grandes maestros
- Yerpa Lhari, la montaña sagrada
- Regreso a Lhasa: el Lingkhor y
el Potala iluminado
- Nuestra impresión de Drak Yerpa
1. De Lhasa a Drak Yerpa por el valle del Kyichu
A las nueve de la mañana salimos de Lhasa rumbo al este, siguiendo el curso del río Kyichu y su amplio valle.
Nuestro destino era Drak Yerpa, uno de los lugares de
retiro y peregrinación más venerados de la región histórica de Ü.
La carretera
ascendía hacia el puerto de montaña de Ngachen La. En las alturas, las banderas de oración ondeaban
al viento y las rocas aparecían decoradas con símbolos religiosos y
representaciones de las tradicionales escaleras hacia el cielo, imágenes que
evocan la conexión entre el mundo terrenal y el espiritual.
Desde el puerto disfrutamos de excelentes vistas del valle del Kyichu.
Descendimos por la otra vertiente y tomamos el desvío hacia Drak Yerpa.
Al llegar a la
aldea comenzamos la última subida, por una carretera de curvas cerradas que se
internaba en un paisaje cada vez más espectacular.
Las laderas
estaban modeladas en terrazas escalonadas y, entre las montañas, aparecía algún
conjunto aislado de chortens.
A las diez, tras recorrer unos 16 kilómetros desde el desvío de nuestra ruta, llegamos al recinto de Drak Yerpa.
2. Drak Yerpa, un santuario entre las rocas
Drak Yerpa
no es un monasterio convencional concentrado en un único edificio. Es un
extraordinario conjunto de cuevas de meditación, pequeñas capillas, templos y
antiguos espacios monásticos distribuidos por una escarpada pared rocosa.
El lugar se considera uno de los grandes centros espirituales del Tíbet central.
Sus cuevas están vinculadas, según la tradición budista, a figuras fundamentales como el rey Songtsen Gampo, el maestro Padmasambhava —conocido como Guru Rinpoche— y el erudito indio Atisha.
La importancia religiosa del enclave se remonta a los
primeros siglos de implantación del budismo en el Tíbet, y allí se estableció
también una comunidad monástica medieval.
La historia
reciente, sin embargo, fue dramática. Durante la Revolución Cultural, el
conjunto sufrió graves destrucciones y los monjes fueron expulsados. Parte de
sus edificios y espacios religiosos se reconstruyeron posteriormente, aunque la
recuperación no devolvió al lugar todo lo que había perdido.
Sacamos las entradas e iniciamos el ascenso por el camino escalonado.
Nos encontrábamos a una altitud cercana a los 4.800 metros.
Recorrimos el conjunto en el sentido de las agujas del reloj. Pronto aparecieron
los chortens, los incensarios, las banderas de oración y las ruedas que los
peregrinos hacen girar mientras avanzan por los senderos sagrados.
El camino era fabuloso. A medida que ascendíamos, las capillas parecían aferrarse a la montaña, encajadas en la roca o levantadas sobre pequeños rellanos. Cada recodo ofrecía una nueva perspectiva del conjunto y del valle.
3. La ruta de las cuevas sagradas
Las cuevas se distribuyen por
distintos niveles de la ladera y están comunicadas por escaleras, caminos
estrechos y senderos.
Muchas de
ellas son pequeñas y oscuras. En su interior, la luz tenue de las lámparas de
mantequilla ilumina imágenes de Buda, figuras de maestros espirituales,
ofrendas y thangkas, las pinturas religiosas tibetanas realizadas sobre
tela.
En una de las primeras cuevas, Drubthub Puk, vivimos una de las anécdotas más simpáticas de la jornada. El monje nos recibió, sonriente y encantador. Me agarró con tal entusiasmo que parecía no querer soltarme. Su cordialidad rompió por un momento la solemnidad del lugar y nos dejó un recuerdo especialmente entrañable.
4. Rigsum Gompo y Tendrel Drubpuk
En la parte
más elevada del recorrido se encontraban dos de los espacios que más nos
impresionaron: Rigsum Gompo y Tendrel Drubpuk.
Sus fachadas
tradicionales, suspendidas sobre la montaña, componían una de esas estampas que
uno identifica inmediatamente con el Tíbet.
Entramos en
sus capillas. La decoración, intensa y colorida, contrastaba con la sobriedad de las paredes
y con la dureza de la montaña exterior.
La tradición
relaciona Tendrel Drubpuk, también conocida como la cueva del auspicioso
surgimiento, con Atisha, el maestro indio que desempeñó un papel
decisivo en la renovación del budismo tibetano durante el siglo XI. Su estancia
en el Tíbet contribuyó a la difusión de las enseñanzas.
Nos cruzamos
con varios peregrinos. Su presencia recordaba
que Drak Yerpa no es únicamente un lugar histórico o monumental: sigue siendo
un espacio de devoción, al que se acude para rezar, meditar y rendir homenaje a
los grandes maestros.
5. Jamkhang y la gran estatua de Jampa
Continuamos por el sendero que unía las cuevas, manteniendo aproximadamente la altura alcanzada.
Entramos en otros pequeños santuarios de tamaños y características
diferentes hasta llegar al edificio más grande, reconocible por su color
amarillo: el Jamkhang.
En su
interior nos esperaba una enorme estatua de Jampa, el Buda Maitreya,
asociado a la figura del Buda del futuro. La imagen era tan monumental que
ocupaba dos pisos del edificio.
6. Chogyal Puk y Dawa Puk: las cuevas de los grandes
maestros
La ruta nos
condujo después a Chogyal Puk, conocida como la cueva del Rey del Dharma
y tradicionalmente relacionada con Songtsen Gampo.
Este monarca, que vivió en el siglo VII, ocupa un lugar fundamental en la memoria histórica tibetana. Se le atribuye la unificación de buena parte del territorio tibetano y el impulso inicial a la implantación del budismo en la corte.
En la
cueva contemplamos las imágenes del rey y de sus dos esposas, figuras que la
tradición vincula a la introducción y consolidación de la religión budista en
el Tíbet.
| Songsen Gampo |
Continuamos
hacia Dawa Puk, la cueva de la Luna, vinculada a Guru Rinpoche o
Padmasambhava. Este maestro ocupa un lugar esencial en la escuela Nyingma y en
la expansión del budismo tántrico en el Tíbet. La tradición sostiene que
practicó meditación en estas cuevas y que el lugar quedó bendecido por su
presencia.
7. Yerpa Lhari, la montaña sagrada
La visita a
Drak Yerpa no terminó con las cuevas. Nos trasladamos a la cercana colina
sagrada de Yerpa Lhari, donde iniciamos una kora, el recorrido ritual
alrededor de un lugar considerado sagrado.
Entre ambas
elevaciones se encuentra Neten Lhakhang, un edificio relacionado con la
veneración de los dieciséis arhats, discípulos iluminados del Buda. Allí
conocimos también una kora interior de ambiente sombrío, muy diferente de los
caminos abiertos de la montaña.
Después
comenzamos el ascenso hacia la cima de Yerpa Lhari. El esfuerzo se veía
compensado por las vistas: desde lo alto se contemplaban las paredes rocosas de
Drak Yerpa, las pequeñas construcciones religiosas encaramadas a la ladera y el
valle extendiéndose a nuestros pies.
En la
montaña encontramos también un durtro, un lugar tradicionalmente
destinado a los funerales celestes, una práctica funeraria tibetana ligada a
creencias budistas sobre la impermanencia y la generosidad. Estos lugares
tienen un significado ritual y deben tratarse con respeto.
Otro de los
elementos que nos llamó la atención fue un trono de piedra asociado por la
tradición a Songtsen Gampo.
8. Regreso a Lhasa:
Emprendimos
el regreso a Lhasa. Antes
de volver a la ciudad hicimos una parada en la antigua aldea de Drak Yerpa, que
encontramos abandonada. Allí visitamos otra capilla-cueva, a la que se accedía
por una alta escalera metálica.
Después
regresamos a Lhasa y aprovechamos las últimas horas para completar el Lingkhor,
el gran circuito exterior de peregrinación de la ciudad.
También
vimos el Potala iluminado por la noche e hicimos su recorrido ritual.
Acabamos en
el local situado junto al restaurante Nam Tso, donde había músicos. Cayeron
varias cervezas y, como el viaje estaba llegando a su fin, decidimos dejar
atrás las precauciones que habíamos mantenido durante la aclimatación. La noche
se alargó hasta las dos y media de la madrugada.
Después de
tantas jornadas de templos, carreteras, alturas y horarios, aquella despedida
tenía algo de celebración. El Tíbet nos había regalado una experiencia intensa
y todavía nos resistíamos a darla por terminada.
Consejo para
visitar Drak Yerpa: aunque el
recorrido puede parecer corto sobre el mapa, la altitud y las escaleras hacen
que resulte exigente. Conviene dedicarle tiempo, llevar agua, avanzar sin
prisas y no forzar el ascenso si aparecen síntomas relacionados con la altura.
Las condiciones de acceso, las entradas y las restricciones pueden cambiar, por
lo que es recomendable confirmarlas localmente antes de la visita.
9. Nuestra impresión de Drak Yerpa
Drak Yerpa
fue uno de esos lugares que resumen la esencia del Tíbet. La montaña, las
cuevas, las pequeñas capillas y las banderas de oración componían un paisaje de
una belleza difícil de olvidar. Pero lo que más nos impresionó fue comprobar
cómo la espiritualidad parecía surgir directamente de la roca, como si cada
grieta y cada sendero formaran parte de una misma historia sagrada.
Nos encantó
recorrer las cuevas, descubrir sus interiores iluminados por lámparas de
mantequilla y contemplar los templos colgados de la ladera. También nos
llevamos el recuerdo de aquel monje tan simpático, de los peregrinos que
compartían el camino y de las vistas desde Yerpa Lhari, que nos permitieron
abarcar de un vistazo todo aquel universo de piedra y devoción.
La jornada
tuvo, además, un final perfecto. Después de la serenidad de las montañas,
regresamos al bullicio de Lhasa, completamos el Lingkhor, contemplamos el
Potala iluminado y terminamos la noche entre música, cervezas y conversaciones.
Una despedida larga y alegre para un viaje que nos había llevado mucho más allá
de los paisajes.
Drak Yerpa
nos recordó que viajar no consiste solo en visitar monumentos, sino también en
acercarse a otras formas de entender el mundo. Y que, incluso después de tantos
kilómetros, siempre queda un lugar capaz de sorprendernos.
Una vez más…
¡paren el mundo, que me subo!
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