domingo, 11 de agosto de 2019

TIBET. Religion e Historia.

Tíbet: historia y budismo tibetano 

El Tíbet es mucho más que un territorio remoto en el corazón de Asia. Es una tierra de montañas inmensas, monasterios centenarios. Pero, sobre todo, es una civilización cuya identidad está profundamente ligada al budismo, a sus tradiciones espirituales y a una historia marcada por la lucha por conservar su cultura.

Comprender el Tíbet exige mirar más allá de sus paisajes. Detrás de las banderas de oración que ondean en los pasos de montaña, de los peregrinos que recorren los templos, existe una historia compleja en la que se entrecruzan religión, poder político y disputas territoriales.

Conocer estos antecedentes permite entender mejor no solo la religión y la cultura tibetanas.


1. El Tíbet: un territorio sagrado

El Tíbet está profundamente ligado a la religión. Su espiritualidad impregna la vida cotidiana, las celebraciones, la arquitectura y la relación con la naturaleza.

Durante siglos, los tibetanos han concebido su territorio como un universo sagrado, habitado y protegido por fuerzas espirituales. Las montañas son morada de deidades; los lagos y ríos, lugares de pureza y poder; determinadas cuevas, espacios de meditación en los que grandes maestros alcanzaron la iluminación.

Esta concepción del mundo ayuda a comprender la importancia de los lugares de peregrinación. Para muchos creyentes, viajar hasta un monasterio, recorrer un circuito sagrado, no constituye una simple visita: es una práctica religiosa que permite acumular méritos, purificar el karma y acercarse a la liberación espiritual.

En el imaginario tibetano, el paisaje no es un decorado separado de la religión: forma parte de ella. En las rocas, los árboles, la tierra y el cielo habitan espíritus. La naturaleza no es un simple escenario, sino una realidad con la que el ser humano mantiene una relación espiritual.

¡En cada lugar, objeto, ser vivo... palpitan fuerzas que influyen directamente en nuestra vida!

La religión también ha influido históricamente en la organización social y política. Los monasterios fueron centros de culto, pero también de enseñanza, conservación de manuscritos, producción artística y, en determinados periodos, administración y poder económico.



2. El budismo tibetano y la antigua religión Bön

Los fundamentos del budismo

El budismo nació en el norte del subcontinente indio hace aproximadamente 2.500 años. Su fundador fue Siddhartha Gautama, conocido como Buda, que significa «el iluminado».

Según la tradición, Siddhartha abandonó una vida privilegiada para buscar una respuesta al sufrimiento humano. Tras años de búsqueda espiritual, alcanzó la iluminación y dedicó el resto de su vida a enseñar un camino para comprender el sufrimiento y liberarse de él.

Sus enseñanzas se resumen en las Cuatro Nobles Verdades:

  • La existencia está marcada por el sufrimiento y la insatisfacción.
  • El deseo, el apego y la ignorancia contribuyen a su origen.
  • Es posible poner fin al sufrimiento.
  • Existe un camino para alcanzar esa liberación: el Noble Óctuple Sendero, que integra una comprensión, una conducta,  una atención y una concentración adecuados.

El budismo no propone la salvación mediante un dios creador. Su enseñanza se centra en comprender la realidad, transformar la mente y desarrollar sabiduría, conducta ética y disciplina mental.

El objetivo último es el nirvana, la liberación del apego y de la ignorancia. 

A estas enseñanzas se vinculan otras ideas esenciales:

  • El samsara: el ciclo de nacimientos, muertes y renacimientos.
  • El karma: las acciones generan consecuencias que influyen en la experiencia futura. 
  • La compasión.
  • La no violencia: evitar causar daño.

Con el paso de los siglos, la tradición budista se extendió por buena parte de Asia y dio lugar a distintas escuelas. Entre las grandes corrientes históricas se encuentran el budismo Theravada y el Mahayana. El budismo tibetano pertenece a la tradición Mahayana e incorpora prácticas y enseñanzas del Vajrayana, conocido también como budismo tántrico.

Afirma que la compasión es parte esencial del camino espiritual. El ideal consiste en trabajar por el despertar de todos los seres, no solo por la propia liberación. 

 

¿Qué distingue al budismo tibetano?

El budismo tibetano combina filosofía, meditación, rituales, recitación de mantras, visualizaciones y prácticas transmitidas por maestros espirituales. 

Concede especial importancia a la relación entre discípulo y maestro, así como al ideal del bodhisattva: quien busca la iluminación no solo para sí mismo, sino para contribuir a la liberación de todos los seres.

En sus monasterios se estudian textos filosóficos y religiosos, se celebran ceremonias y se conservan tradiciones artísticas que incluyen pinturas murales, mandalas, esculturas y objetos rituales.

Las imágenes de deidades no deben interpretarse siempre como dioses creadores. En muchas prácticas del budismo tibetano representan cualidades de la mente iluminada, aspectos de la sabiduría o formas simbólicas utilizadas durante la meditación.

La muerte también ocupa un lugar importante en esta tradición. La creencia en el renacimiento y en el karma influye en la manera de entender la existencia. Los rituales funerarios, las oraciones y los textos relacionados con el proceso de morir pretenden acompañar al fallecido y favorecer una transición espiritual adecuada.


El Bön: una tradición anterior al budismo

Antes de la expansión del budismo, el Tíbet ya contaba con tradiciones religiosas propias. Entre ellas destaca el Bön, una religión que desarrolló sus propios rituales, enseñanzas, figuras espirituales y concepciones del universo.

El Bön histórico se relaciona con prácticas de veneración de fuerzas naturales, rituales de protección y una cosmología en la que montañas, lagos y otros elementos del paisaje podían tener una profunda dimensión espiritual. 

Con la expansión del budismo, ambas tradiciones entraron en contacto y se influyeron mutuamente, aunque conservaron diferencias doctrinales y rituales. 

En el Tíbet actual, el Bön continúa siendo una tradición religiosa viva, aunque el budismo tibetano haya ejercido una influencia mucho mayor.



3. Los orígenes del Tíbet y las escuelas del budismo

Songtsen Gampo y el nacimiento del Imperio tibetano

En el valle de Yarlung, al sureste de la actual Lhasa, se sitúa tradicionalmente la cuna de la civilización tibetana.

Hasta entonces, la región estaba formada por distintas comunidades y poderes locales. Durante el siglo VII, Songtsen Gampo se convirtió en el gran unificador y contribuyó a la formación de un poderoso imperio.

Bajo su liderazgo, el reino tibetano amplió su influencia y consolidó una estructura política capaz de relacionarse con las grandes potencias de Asia.

Su figura aparece representada en numerosos templos.

Estableció su centro político en Lhasa, donde levantó un palacio en el emplazamiento que siglos después se asociaría al Potala.

Para consolidar alianzas, contrajo matrimonio con dos princesas extranjeras: la china Wencheng y la nepalí Bhrikuti.

La tradición tibetana atribuye a ambas princesas un papel decisivo en la introducción del budismo en el país. 

Habrían llegado acompañadas de imágenes sagradas y objetos religiosos que contribuyeron a extender la nueva fe. 

Para albergar la imagen traída por Bhrikuti se alzó el templo Johkang y para la de Wencheng el templo Ramoche, imagen que luego, a la muerte del rey, fue también trasladada al Johkang

S. Gampo y sus dos esposas

El templo Jokhang 

Es el corazón espiritual de Lhasa.

Según el relato tradicional, la princesa Wencheng descubrió que un demonio femenino ocupaba el altiplano tibetano. Su cuerpo se extendía sobre el territorio y obstaculizaba la implantación del budismo.

Identificó la posición de sus brazos, piernas y corazón y, para someterla, ordenó levantar templos en cada uno de esos puntos. 

El Jokhang se construyó sobre un lago que correspondía al corazón. 

¡ESA ES, SEGÚN LA LEYENDA, LA RAZON DE LOS PRIMEROS TEMPLOS BUDISTAS TIBETANOS!: TENER ATADO A ESE DEMONIO QUE IMPEDÏA LA EXPANSIÓN DE LA NUEVA RELIGIÓN! 

Samye y la consolidación del budismo

Durante el reinado de Trisong Detsen, en el siglo VIII, el budismo recibió un nuevo impulso. El rey favoreció la llegada de maestros procedentes de la India y apoyó la fundación de Samye, considerado tradicionalmente el primer monasterio budista del Tíbet.

Entre las figuras asociadas a esta etapa destaca Padma Sambhava, conocido en tibetano como Guru Rinpoche. La tradición le atribuye un papel decisivo en la difusión de las enseñanzas tántricas y en el sometimiento de las fuerzas espirituales que, según los relatos religiosos, se oponían al establecimiento del budismo.

Samye fue mucho más que un centro de culto: se convirtió en un lugar de traducción, enseñanza y adaptación de los textos budistas al tibetano. Gracias a este proceso, las enseñanzas procedentes de la India pudieron arraigar.

 
Samye

La expansión no fue continua. Hubo periodos de retroceso y fragmentación política. A partir de los siglos X y XI se produjo una nueva difusión del budismo, impulsada por maestros, traductores y centros monásticos.

Entre las figuras más importantes destacó Atisha, maestro indio que llegó al Tíbet en el siglo XI y contribuyó a la renovación de las enseñanzas budistas.

También sobresalió Milarepa, uno de los grandes maestros de la tradición Kagyu, cuya vida se convirtió en un ejemplo de transformación espiritual.

De esta evolución surgieron las principales escuelas del budismo tibetano.

Las cuatro grandes escuelas del budismo tibetano

  •  Nyingma

Es considerada la escuela más antigua del budismo tibetano. Conserva enseñanzas vinculadas a la primera difusión del budismo, con una especial importancia de Padma Sambhava y de las enseñanzas conocidas como Dzogchen, la Gran Perfección.

  • Kagyu

Destaca por la transmisión de maestro a discípulo y por sus tradiciones de meditación. Entre sus figuras más conocidas se encuentran Marpa, Milarepa y Gampopa. La institución de los Karmapas, una de las líneas de reencarnación más antiguas del budismo tibetano, está asociada a esta escuela. 

  • Sakya

Se desarrolló alrededor del monasterio de Sakya y alcanzó gran influencia política durante la Edad Media. Sus enseñanzas incluyen la tradición Lamdré, que integra el camino espiritual y sus resultados. 

  • Gelug

Fundada por los seguidores de Tsongkhapa a comienzos del siglo XV, concede gran importancia al estudio filosófico, la disciplina monástica y el debate. Su nombre suele traducirse como «virtuosa». Es la escuela a la que pertenecen el Dalái Lama y el Panchen Lama.

Los monjes Gelug se distinguen tradicionalmente por sus gorros amarillos, de donde procede la denominación de escuela de los gorros amarillos.

Aunque estas escuelas mantienen diferencias en sus linajes y métodos, comparten las bases del budismo tibetano. Durante siglos, sus monasterios fueron centros de conocimiento, educación y poder, y sus relaciones con los gobernantes contribuyeron a configurar la historia política del Tíbet.


El budismo tántrico

El budismo tibetano conserva una extensa tradición de prácticas tántricas, que incluyen visualizaciones, mantras, rituales y métodos avanzados de meditación.

A algunos maestros se les atribuyen capacidades extraordinarias, como soportar temperaturas extremas o controlar determinados procesos fisiológicos.

Dalái Lama y Panchen Lama

El Dalái Lama es una de las figuras más conocidas del budismo tibetano.

Pertenece a la tradición Gelug y es considerado una manifestación de Chenresig, el bodhisattva de la compasión.

El título Dalái procede del mongol y significa «océano». Fue concedido a Sonam Gyatso, tercer líder gelugpa, por el gobernante mongol Altan Khan en el siglo XVI. Como maestro excepcional. 

El Panchen Lama

Es otra de las grandes figuras de la escuela Gelug.

El título está asociado a la erudición religiosa y se vincula tradicionalmente con el Buda Amitabha, el Buda de la Luz Infinita.

La relación entre el Dalái Lama y el Panchen Lama ha sido importante en la identificación de las reencarnaciones de ambos linajes. 

Cuando fallece uno de ellos, sus discípulos y otros religiosos emprenden un proceso de búsqueda para identificar a su sucesor.

Este procedimiento no es simplemente una elección administrativa: implica consultas religiosas, interpretación de señales y el reconocimiento por parte de autoridades espirituales, de acuerdo con las tradiciones de cada linaje.


4. Del Imperio mongol al Dalái Lama

El Tíbet y los mongoles

En el siglo XIII, los mongoles incorporaron el territorio a su esfera de poder y, posteriormente, el Tíbet quedó relacionado con la dinastía Yuan, fundada por Kublai Kan en China.

Tras el declive de los mongoles, el Tíbet atravesó nuevas etapas de fragmentación política y desarrollo religioso.

El nacimiento de la institución del Dalái Lama

El título de Dalái Lama surgió en el siglo XVI, en el contexto de las relaciones entre los dirigentes de la escuela Gelug y los gobernantes mongoles. 

El término Dalái procede del mongol y significa «océano». Fue concedido a Sonam Gyatso, tercer líder gelugpa, por el gobernante mongol Altan Khan. Como maestro excepcional. 

El gran quinto

La figura que consolidó la importancia política de la institución fue el quinto Dalái Lama, Ngawang Lobsang Gyatso. En el siglo XVII consiguió reunir buena parte del Tíbet bajo su autoridad.

Su gobierno impulsó la construcción del Palacio de Potala en Lhasa, que se convirtió en símbolo de la unión entre autoridad religiosa y poder político. 

Murió en 1682, pero su fallecimiento se mantuvo en secreto durante años para evitar que la transición política debilitara el gobierno. El regente Sangye Gyatso mantuvo la estabilidad mientras el sucesor crecía.

El sexto Dalái Lama fue entronizado precipitadamente en 1697. Su vida se apartó de la imagen ascética que se esperaba de un dirigente religioso. Las tensiones políticas y la intervención mongola culminaron en una nueva crisis. En 1706 fue depuesto y murió poco después en circunstancias que continúan siendo objeto de debate histórico. 

El dominio Qing y la expedición británica

En el siglo XVIII, las luchas entre facciones tibetanas y mongolas facilitaron la intervención de los emperadores Qing, de origen manchú.

En 1720, tropas Qing entraron en Lhasa y contribuyeron a expulsar a las fuerzas mongolas.

El Tíbet conservó instituciones propias, mientras las autoridades imperiales chinas reivindicaban una relación de autoridad sobre el territorio.

Es la época del aislamiento, el cierre a los extranjeros.

A comienzos del siglo XX, el Tíbet quedó atrapado en el llamado Gran Juego, la rivalidad estratégica entre Gran Bretaña, Rusia y China por su influencia en Asia central.

En 1903, una expedición británica encabezada por Francis Younghusband penetró en el Tíbet y avanzó hacia Lhasa. El ejército tibetano, peor equipado, no pudo resistir el armamento moderno de los invasores.

El decimotercer Dalái Lama huyó a Mongolia.  

Pocos años después, la caída de la dinastía Qing en 1911 transformó el escenario político. El decimotercer Dalái Lama regresó al Tíbet y, en 1913, proclamó la independencia tibetana. 

El decimotercer Dalái Lama intentó modernizar el país, fortalecer el ejército y desarrollar nuevas instituciones. Sin embargo, el conservadurismo de sectores de la élite y las resistencias internas limitaron las reformas.

Durante las décadas siguientes, el Gobierno de Lhasa ejerció un amplio autogobierno de facto en el Tíbet central, aunque la situación jurídica internacional del territorio siguió siendo controvertida y no obtuvo un reconocimiento diplomático generalizado como estado independiente.

La Convención de Simla de 1914, en la que participaron representantes británicos, tibetanos y chinos, intentó resolver cuestiones territoriales y políticas, pero China no aceptó el acuerdo final. La delimitación fronteriza conocida como línea McMahon fue aceptada por británicos y tibetanos, pero rechazada por China y se convirtió en una fuente posterior de tensiones.

El decimotercer Dalai Lama murió en 1933. Se le atribuye una advertencia sobre el peligro que amenazaba a la religión y al gobierno tibetanos.

5. El descubrimiento del decimocuarto Dalái Lama

El actual Dalái Lama, Tenzin Gyatso, nació en 1935 en una familia campesina de la región de Amdo. Tras un proceso de búsqueda y reconocimiento conforme a la tradición religiosa, fue identificado como la reencarnación del decimotercer Dalái Lama cuando era un niño.

La infancia del Dalái Lama coincidió con un periodo de cambios profundos en Asia. En 1949, Mao Zedong, el Partido Comunista Chino, proclamó la República Popular China, y el nuevo Gobierno anunció su intención de incorporar el Tíbet a su territorio.

La entrada del Ejército Popular de Liberación

En octubre de 1950, el Ejército Popular de Liberación entró en la región de Chamdo, en el este tibetano, y derrotó a las fuerzas tibetanas. El avance militar desembocó en negociaciones entre representantes tibetanos y el Gobierno chino.

El 23 de mayo de 1951 se firmó en Pekín el denominado Acuerdo de los Diecisiete Puntos, cuyo nombre oficial aludía a las medidas para la «liberación pacífica» del Tíbet.

El acuerdo reconocía la soberanía de la República Popular China y contemplaba la presencia del Ejército Popular de Liberación, al tiempo que prometía autonomía regional, respeto por las creencias religiosas y continuidad de determinadas instituciones tibetanas.

Sin embargo, la interpretación del acuerdo continúa siendo motivo de controversia. El Gobierno chino lo presenta como la confirmación de la integración del Tíbet en China. Los representantes tibetanos en el exilio sostienen que fue firmado bajo presión y que no reflejaba una aceptación libre de las condiciones impuestas.

En los primeros años, las autoridades tibetanas conservaron parte de sus instituciones, pero las tensiones fueron creciendo. Las reformas sociales y políticas impulsadas por el nuevo poder encontraron resistencia, especialmente en las regiones orientales, donde se produjeron enfrentamientos.

La revuelta de 1959 y el exilio

En marzo de 1959, una gran revuelta estalló en Lhasa. El temor a que el Dalái Lama fuera detenido o quedara bajo control chino contribuyó a que miles de personas se congregaran en torno a su residencia.

La situación desembocó en enfrentamientos y en una represión militar. El Dalái Lama abandonó el Tíbet y cruzó a la India, donde recibió asilo. 

Desde entonces, Dharamsala, en el norte de la India, se convirtió en uno de los principales centros de la comunidad tibetana en el exilio. Allí se establecieron instituciones religiosas, educativas y políticas destinadas a preservar la cultura tibetana y defender sus reivindicaciones.

La Revolución Cultural y la destrucción del patrimonio religioso

Durante la Revolución Cultural china, entre 1966 y 1976, las campañas contra las llamadas «cuatro viejas» —costumbres, cultura, hábitos e ideas— tuvieron consecuencias devastadoras en numerosos lugares del Tíbet.

Monasterios, templos, esculturas, manuscritos y otros bienes religiosos fueron destruidos o dañados. Monjes y monjas sufrieron persecuciones y muchos centros monásticos dejaron de funcionar.

Tras la muerte de Mao Zedong y el cambio de orientación política a finales de los años setenta, se permitió la reapertura de numerosos monasterios y una recuperación parcial de las prácticas religiosas. Sin embargo, esa recuperación no supuso el fin de las restricciones ni de las tensiones.

Las protestas de 1989 y 2008

En 1989 se produjeron protestas en Lhasa y se impuso la ley marcial. Ese mismo año, el Dalái Lama recibió el Premio Nobel de la Paz.

En 1995, el Dalái Lama reconoció a Gedhun Choekyi Nyima, entonces un niño, como la reencarnación del undécimo Panchen Lama. Poco después, el menor y su familia desaparecieron de la vida pública. Las autoridades chinas reconocieron a otro candidato, Gyaincain Norbu.

Otro episodio decisivo llegó en marzo de 2008, cuando se extendieron manifestaciones y disturbios por Lhasa y otras zonas tibetanas. Las autoridades chinas respondieron con un amplio despliegue. 

Desarrollo económico y transformación del territorio

La incorporación a China también ha supuesto grandes transformaciones materiales. La construcción de carreteras, aeropuertos, ciudades y otras infraestructuras ha mejorado las comunicaciones con regiones que durante siglos estuvieron relativamente aisladas.

En 2006 se inauguró el ferrocarril Qinghai-Tíbet, que conecta Lhasa con la red ferroviaria china. La línea ha facilitado el transporte de pasajeros y mercancías y ha impulsado el turismo. 

Sin embargo, estos cambios también suscitan debates sobre sus consecuencias sociales y culturales. Quienes defienden las políticas chinas destacan la mejora de las infraestructuras, el acceso a servicios y el crecimiento económico. Sus críticos señalan las desigualdades, la presión sobre las formas de vida tradicionales y las dificultades para preservar la lengua y las instituciones culturales tibetanas.

6. El Tíbet actual.

En la actualidad, el Tíbet forma parte de la República Popular China. La Región Autónoma del Tíbet es una de las divisiones administrativas del país, aunque las zonas de población tibetana también se extienden por otras provincias chinas, como Sichuan, Qinghai, Gansu y Yunnan.

El Gobierno chino sostiene que el Tíbet ha sido históricamente parte de China, que la integración puso fin a un sistema social desigual y que las inversiones han mejorado las condiciones de vida. 

El Dalái Lama y las instituciones tibetanas en el exilio han defendido, especialmente desde finales del siglo XX, una solución basada en la autonomía y la preservación de la identidad tibetana. La llamada Vía del Medio.

Cada cual aporta sus razones y su propia interpretación de la historia.

Una certeza es que Tíbet es una cultura apasionante. 

Por esto ansiamos conocerla. Sabiendo estos trazos de su historia, conociendo el budismo tibetano, la antigua tradición Bön, las diferentes escuelas religiosas, el papel de los monasterios… podremos comprender mejor cuanto veamos.

¡Vayámonos ya de viaje por el Tíbet!











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