Trekking de Ganden a Samye:
cuatro días por las montañas sagradas del Tíbet
El recorrido conectaba dos lugares esenciales para comprender la historia del budismo tibetano: el monasterio de Ganden, uno de los grandes centros de la escuela gelugpa, y el monasterio de Samye, considerado tradicionalmente el primer monasterio budista del Tíbet.
A ambos se accede fácilmente por carretera. Pero nosotros lo hicimos de una manera mucho más especial.
Salvamos los 80km de distancia que hay entre ellos con una ruta a pie excepcional.
Durante tres días y medio caminamos por algunos de los paisajes más remotos del Tíbet, atravesando valles, ríos de montaña y praderas donde los pastores nómadas seguían viviendo al ritmo de sus rebaños.
Cruzamos dos pasos de montaña que superaban los 5.000 metros de altitud. No era una travesía especialmente técnica, pero sí una aventura de altura. El reto de conseguirlo nos infló de un orgullo que aún perdura.
Dormimos en tiendas de campaña, compartimos el té de mantequilla con familias tibetanas.
Los momentos que mejor recordamos no fueron únicamente
los grandes paisajes o la satisfacción de alcanzar una cumbre, sino también las
pequeñas escenas compartidas con quienes habitaban aquellas montañas.
Índice (dividido en tres entradas: Ganden-Treking-Samye)
- Información práctica del
trekking de Ganden a Samye
- El monasterio de Ganden: punto
de partida
- El valle de Hepu y el primer
campamento
- Primer día de caminata: entre
valles y pastores nómadas
- Los drokpas y la vida
tradicional tibetana
- Segundo día: el paso de
Shugu-La, a más de 5.200 metros
- Tercer día: el paso de Chidula
y los lagos de montaña
- El descenso hacia Samye
- El monasterio de Samye: el
origen del budismo tibetano
- Nuestra impresión del trekking
de Ganden a Samye
- Consejos para organizar la ruta
en la actualidad
- Lugar: Tíbet, región histórica de
Ü-Tsang.
- Inicio de nuestra caminata: aldea de Hepu, después de
visitar Ganden.
- Final del trekking: Nyango, en el valle de
Yemalung.
- Distancia recorrida a pie: aproximadamente 50 km.
- Duración: tres días y medio.
- Pasos de montaña: Shugu-La, a unos 5.237 m, y
Chidula, a unos 5.200 m.
- Alojamiento: tiendas de campaña.
- Transporte de equipaje: yaks.
- Alimentación: cocina de campaña, preparada
por nuestro cocinero.
- Dificultad: alta por la altitud, la
duración y las condiciones de una travesía remota.
La ruta que
hicimos no comenzó exactamente en el monasterio de Ganden. Tras visitar el
recinto, descendimos hasta Ganden pueblo y continuamos en vehículo hasta el
valle de Hepu, donde iniciamos la caminata.
Tampoco
recorrimos a pie el tramo final entre Nyango y Samye: lo hicimos en una
camioneta todoterreno. Por eso, aunque el trekking propiamente dicho sumó unos
50 kilómetros, el itinerario completo habría alcanzado aproximadamente los 75
km si hubiéramos añadido los tramos que cubrimos en vehículo.
2. El monasterio de Ganden: punto de partida
Comenzamos los preparativos para el trekking en Lhasa.
Aparecieron Tsua y Dhondep, nuestros acompañantes tibetanos, junto con Ningma, que sería el cocinero de la expedición.
Traían las tiendas, las
colchonetas y las provisiones necesarias para pasar varios días en las
montañas.
A las once de la mañana partimos hacia el monasterio de Ganden, situado al este de Lhasa, a unos 50 kilómetros por carretera.
El trayecto discurría junto al río y, a
mitad de camino, pasamos por el desvío hacia Drak Yerpa, el complejo de cuevas
y santuarios que visitaríamos al final del viaje.
Llegamos a Ganden pueblo, situado en la parte baja,
- Hacia el Norte una carretera se adentraba al VALLE DE LHUNDRUB, salpicado de monasterios como el de Talung o el más conocido: el de RETING.
- Hacia el Este a unos 50km la localidad de MEDRO GONGKAR desde donde se alcanzaba el monasterio Drigung til o se seguía la carretera hacia el Tíbet Oriental.
- Hacia el Sur fue el camino que seguimos nosotros. 5km por una carretera sinuosa, en ascenso, con curvas de lo más retorcidas. En lo alto, a 3800m, se situaba el COMPLEJO MONASTICO DE GANDEN.
Ganden pueblo
|
Ganden
parecía un pequeño pueblo construido sobre la cresta y las laderas de una
montaña. Sus edificios se distribuían entre calles, patios y pequeñas plazas,
formando un conjunto de arquitectura tradicional tibetana.
El nombre Ganden significa «jubiloso».
El monasterio fue fundado en 1409 por Tsongkhapa,
maestro religioso que dio origen a la escuela gelugpa del budismo tibetano.
La mayoría de los edificios eran de dos plantas, con muros trapezoidales y tejados planos. Entre ellos destacaban algunas construcciones de colores más intensos: el amarillo de determinados edificios religiosos y, sobre todo, el rojo del templo relacionado con la tumba de Tsongkhapa.
Por la calle principal llegamos a una gran plaza presidida por un chorten blanco.
Visitamos
primero la sala de reuniones, donde se encontraba el trono dorado del maestro,
objeto de profunda veneración.
Recorrimos después la capilla de Jampa, las dependencias del Ganden Tripa, las residencias de los monjes y otras construcciones del complejo.
Pasear por aquellas calles, cruzarse con los monjes y observar la actividad religiosa nos fascinó.
La kora de Ganden
Alrededor del monasterio existían distintos circuitos de peregrinación, o kora.
- El inferior requería aproximadamente 45 minutos;
- el superior era más exigente y ofrecía la posibilidad de continuar hacia Hepu, nuestro punto de partida para el trekking.
Si hubiéramos comenzado en Ganden, primero se seguía su kora superior. Luego, tras un pequeño ascenso, se tomaba el desvio a Samadro y Trubshi, llegando tras 10km a Hepu.
¡Esto nos hubiera dado perfectamente tiempo realizarlo ese mismo día!
Comimos en
la posada del monasterio. El menú estaba formado por los platos que tenían
preparados en varias grandes ollas: gyathuk, fideos con carne o verduras;
thugpa, una sopa de fideos; arroz blanco y otras preparaciones sencillas.
Bastaba con señalar lo que apetecía para que lo sirvieran en una bandeja.
Fue una comida modesta y reconfortante antes de adentrarnos en las montañas.
| momos |
Después de
comer descendimos de nuevo a Ganden pueblo y continuamos en la furgoneta hacia
el valle de Hepu, donde comenzaríamos la caminata.
La carretera
dio paso a una pista de tierra que atravesaba pequeñas aldeas tradicionales. El
paisaje se volvía cada vez más rural, con casas dispersas, campos y montañas
que cerraban el horizonte.
Hepu era una
pequeña aldea tibetana situada a unos 4.200 metros de altitud, formada por una
treintena de viviendas junto al río.
Acampamos a las afueras. Para los cinco integrantes de nuestro grupo había tres tiendas dobles; nuestros guías disponían de otras dos y una carpa adicional servía de cocina, comedor y lugar de reunión.
Apenas
empezamos a instalar el campamento aparecieron los chavales del pueblo.
Llegaron curiosos, sonrientes.
Después de
montar las tiendas salimos a pasear por la aldea. Los pequeños nos siguieron en
grupo.
La vida allí
era austera y exigente. Las familias se dedicaban a la agricultura y a la
ganadería, y algunos habitantes obtenían ingresos adicionales trabajando como
porteadores o poniendo sus yaks al servicio de las expediciones que atravesaban
la región.
Los saludos
de tashi delek se sucedían por todas partes.
En los dinteles de algunas casas colgaban calaveras de yak, vinculadas a creencias y tradiciones locales.
También vimos un pequeño santuario relacionado con el yak
blanco, figura protectora de la comunidad.
| lavando en el río |
De vuelta al campamento, Ningma nos esperaba con té dulce y unas pastas.
Las niñas habían
recogido flores del prado y confeccionado pequeños ramos para regalárnoslos. Un detalle sencillo que convirtió aquella primera tarde
en uno de los recuerdos más entrañables del viaje.
Al caer la tarde vimos regresar a los pastores desde las montañas con sus rebaños.
Más tarde enseñamos a los chavales a jugar al Uno y compartimos una cena abundante: sopa de champiñones, arroz, yak con setas, ensalada de tomate y pepino, verduras y fruta.
Así comenzaba nuestra aventura. Con un campamento a más de 4.000 metros, un grupo de nuevos compañeros y la incertidumbre de lo que nos esperaba al día siguiente.
| Ningma |
Observando cómo dentífricos y otros paquetes se inflaban, supimos el efecto de la de la altura.
Tomamos una ampolla de solomano, el remedio local para el mal de altura y, aparte, yo también tome durante tres días un paracetamol.
Nuestra experiencia no debe interpretarse como una recomendación médica. Ningún remedio tradicional sustituye a una aclimatación adecuada ni garantiza que no aparezca el mal de altura. Lo prudente es llegar progresivamente, descansar al principio, evitar esfuerzos intensos y buscar asistencia médica si aparecen síntomas preocupantes.
4. Primer día de caminata: entre valles y pastores nómadas
Un ascenso tranquilo para aclimatarse
Los yaks
llegaron para transportar el equipaje. Los pastores cargaron las tiendas, las
mochilas y las provisiones en grandes sacos de rafia, que sujetaron firmemente
a ambos lados de los animales mediante cuerdas.
Cada yak
tenía su propio carácter: uno era obstinado, otro tranquilo; había animales de
buen talante y otros con peor genio, alguno más gregario y otro que parecía
preferir ir a su aire.
El yak
Es
fundamental para la vida en las grandes alturas. Su resistencia al frío, su
pelaje espeso y su capacidad para desplazarse por terrenos difíciles lo
convierten en un compañero indispensable para los pastores tibetanos.
Proporciona carne, leche, pieles y pelo; incluso el estiércol
puede utilizarse como combustible allí donde escasea la madera.
En realidad lo que más hay son DZO, el cruce de yak con vaca.
Una vez cargados los animales, iniciamos la marcha por un valle verde y aislado.
El
sendero seguía el curso del riachuelo Tashi Chu, que tuvimos que cruzar varias
veces por precarias pasarelas de palos y piedras. Los yaks, más prácticos,
atravesaban directamente el cauce.
Avanzábamos
en un ascenso continuo, pero suave, rodeados de praderas y montañas. Era un
paisaje sobrecogedor.
El clima era excelente. No hacía frío. 8-10ºC. Solo lloviznó un poco por la noche.
Una invitación inesperada
Llegamos a Ani Pagong, donde se encontraba un campamento estacional de nómadas, los drokpas.
Gracias a la presencia de nuestro guía tibetano, nos invitaron a entrar en una
de sus tiendas, llamadas dra.
Estas
tiendas tradicionales, confeccionadas con pelo de yak, estaban adaptadas a la
vida de las familias que se desplazaban con sus rebaños. Su interior era
sencillo. En el centro había un hogar de obra donde cocinaban y calentaban el
agua; a un lado se encontraban los colchones que servían de asiento y cama, y
los pocos muebles se reducían prácticamente a una pequeña mesa.
Nos sentamos
y nos ofrecieron té de mantequilla, el célebre bo cha, preparado
mediante el batido del té con mantequilla y sal. También nos convidaron a
queso.
La dieta
tradicional de estas familias se basaba en productos que podían obtener de sus
animales y del cultivo de la cebada: tsampa, té, mantequilla, queso y carne de
yak.
La hospitalidad era extraordinaria y la comunicación,
a pesar de las dificultades lingüísticas, resultaba sencilla.
Las mujeres
y los niños participaban en tareas como el tejido y el trabajo de las pieles,
mientras los hombres se ocupaban principalmente del ganado. La organización
familiar, las costumbres matrimoniales y la distribución del espacio doméstico
respondían a tradiciones propias de aquellas comunidades.
Nos
despedimos agradecidos y continuamos valle arriba, pasando junto a otras
tiendas, algunas protegidas por enormes perros de montaña. Entre ellos
destacaba el mastín tibetano, un animal poderoso, de abundante pelaje y aspecto
imponente.
| bo cha-te de mantequilla |
| queso |
5. Los drokpas y la vida tradicional tibetana
El encuentro
con las familias nómadas fue uno de los grandes atractivos de la travesía. Más
allá de las montañas y los pasos de altura, permitió acercarnos a una cultura
que durante siglos se ha adaptado a las condiciones extremas de la meseta
tibetana.
Los drokpas
han basado tradicionalmente buena parte de su economía en el pastoreo
estacional. Los rebaños se desplazan en busca de pastos y las familias
organizan su vida en función de los animales, el clima y las necesidades de
cada temporada.
Las tiendas
de pelo de yak, los utensilios para preparar la mantequilla, las prendas de
abrigo y los animales de carga forman parte de ese modo de vida. Pero también
incorporaban elementos modernos, como teléfonos móviles y pequeños paneles
solares.
Una forma de vida en transformación
| la tienda dra y las casas de reasentamiento |
Un campamento a 4.800 metros
A mediodía detuvimos la marcha y montamos las tiendas en un paraje
extraordinario, en mitad de una pradera a unos 4.800 metros de altitud.
El lugar, cuyo nombre anotamos como Palang Tsemme, o algo parecido, parecía sacado de un cuento.
Habíamos esperado una jornada más larga y exigente, por lo que nos quedamos con ganas de continuar. La explicación era sencilla: se trataba de facilitar la aclimatación antes de afrontar el paso de Shugu-La, previsto para el día siguiente.
Pasamos la tarde conversando con los pastores y sus familias, descansando y disfrutando del paisaje. Vinieron a visitarnos otros nómadas cercanos.
Los acompañantes sacaron su rapé y compartieron anécdotas mientras
Ningma preparaba la cena.
El día había sido soleado, pero a las ocho
de la tarde estalló una tormenta con relámpagos, truenos y una intensa lluvia. La
sesión de chistes y risas que siguió compensó el mal tiempo.
La montaña
ya nos había dado una primera lección: el paisaje podía parecer idílico, pero
las condiciones cambiaban con rapidez.
6. Segundo día: el paso de Shugu-La, a más de 5.200
metros
Llegó la jornada que más respeto nos inspiraba. Después de desayunar y
desmontar el campamento, partimos a las ocho y media de la mañana.
El sendero
continuaba ascendiendo por el valle hasta alcanzar el collado de Yama Do. Allí
hicimos una breve parada. Desde ese punto se divisaba una pendiente
considerable y comenzaba el tramo más exigente del ascenso.
Los pastores
eligieron para ese ascenso una línea más larga, pero con menos pedregal, para facilitar el paso
de los yaks. Yo los seguí, mientras el resto del
grupo avanzaba por la zona de piedras que permitía aprovechar los bloques como
escalones.
El esfuerzo se hacía notar. Para mantener el ritmo, la mente buscaba cualquier recurso.
¡Quizá sí que me estaba afectando el mal de altura!...
Lo cierto es que, pese al respeto que me imponía aquel ascenso, lo superé mejor de lo esperado.
Finalmente alcanzé el paso de Shugu-La, situado a unos 5.237 metros.
Sentarse allí, rodeado de montañas y de banderas de oración, con el horizonte abierto en todas direcciones, fue uno de los momentos culminantes del trekking.
Poco a poco fueron llegando los demás. Habíamos superado una fuerte subida y nos encontrábamos por encima de los 5.000 metros. La satisfacción era enorme.
¡Ki ki so so, ja kialo!
Los caballos del viento
En esas banderolas de oración escribimos los nombres de familiares y amigos, acompañados de nuestros mejores deseos. Las desplegamos en el collado y dejamos que el viento agitara las telas, llevando simbólicamente aquellas plegarias por las montañas.
Era una forma de compartir con quienes se habían quedado lejos un momento que para nosotros tenía un significado especial.
El descenso hacia el río Tsotup Chu
Tras la celebración comenzó un largo descenso por un paisaje sobrecogedor.
La garganta
del río Tsotup Chu discurría por debajo del sendero y, al fondo, aparecía el
lago Palang Tsodu.
Vimos marmotas que desaparecían rápidamente en sus madrigueras.
Al llegar al fondo del valle cruzamos el río saltando de piedra en piedra. Después atravesamos una zona llana de turberas y pequeñas charcas, avanzando en zigzag para evitar las zonas inundadas.
Tras unas
siete horas y media de caminata, llegamos hacia las cuatro de la tarde al
campamento de Palank Sodó, junto al vado del Tsotup Chu, a casi 5.000 metros.
No estábamos especialmente cansados, aunque cualquier esfuerzo adicional hacía evidente la falta de oxígeno.
Ningma nos recibió con té masala y unas deliciosas patatas
fritas caseras.
El lugar era
magnífico: pequeñas pozas, montañas y un cielo de un azul intenso. Los pastores
se entretenían tejiendo cuerdas mientras nosotros disfrutábamos de la
tranquilidad del campamento.
La cena volvió a ser abundante, pero aquella noche hizo bastante frío y la lluvia regresó, como parecía haberse convertido en costumbre.
7. Tercer día: el paso de Chidula y los lagos de
montaña
Partimos de nuevo a las ocho y media. esta vez nos esperaba el paso de Chidula, a
unos 5.200 metros.
La subida
inicial era relativamente suave y avanzaba por una pradera. Alcanzamos el
collado de Chidula sin grandes dificultades y, una vez arriba, descubrimos una laguna de
origen glaciar escondida entre las montañas.
Allí volvimos a colocar banderas de oración.
Comenzamos
entonces el descenso por una cuenca en la que aparecían otros dos lagos. El
sendero continuaba hacia un valle cada vez más estrecho, con pendientes
pronunciadas, pedregales y pequeños arroyos alimentados por el deshielo.
Por el camino nos cruzamos con otros pastores a caballo.
También visitamos un nuevo campamento nómada, donde nos invitaron a entrar en una tienda y compartir té de mantequilla.
Dos niñas
vestían jerséis iguales y nos recibieron con una simpatía que hacía difícil
marcharse.
Tras unas siete horas alcanzamos una nueva zona de acampada junto al río. Habíamos descendido hasta unos 4.100 metros.
La jornada nos había llevado desde las alturas de los collados hasta un entorno más verde, con agua por todas partes y señales cada vez más frecuentes de actividad ganadera.
8. El descenso hacia Samye
¡Imaginad la sensación de abrir la
tienda y encontrarse un yak frente a la puerta! Así se inició ese nuevo día, el último del treking.
A las ocho comenzamos la última parte de la ruta, siguiendo el curso de un río que ya podía considerarse caudaloso.
Sus rápidos, la vegetación más densa y el descenso de la altitud anunciaban que nos acercábamos a zonas habitadas.
Chatang y las nuevas aldeas
La primera aldea que encontramos desde que días atrás partimos de Hepu fue Chatang.
Nos llamó la atención la mezcla de viviendas
tradicionales tibetanas, construidas con piedra, y edificios uniformes de dos
plantas, levantados según modelos más recientes.
En algunas
zonas del Tíbet, las políticas de reasentamiento de las comunidades pastoriles
han favorecido la construcción de nuevos núcleos residenciales.
En Chatang,
como ya había ocurrido en Hepu, los niños salieron a nuestro encuentro. Aquella curiosidad se
había convertido casi en una constante del viaje.
Continuamos
pasando por otras aldeas hasta llegar a Nyango, en el valle de Yemalung, a unos
16 kilómetros de Samye.
Allí terminó nuestra caminata.
La última jornada había sido muy corta y nos quedamos con ganas de seguir andando. Después de varios días entre montañas, el cuerpo parecía haberse acostumbrado al ritmo de la travesía.
| Nyango |
La ermita de Yemalung y el camino a Samye
En Nyango se
encuentra la ermita de Yemalung, vinculada a la tradición que sitúa allí
prácticas de meditación de Guru Rinpoche, también conocido como Padmasambhava,
una de las figuras fundamentales en la expansión del budismo tibetano.
Nos despedimos de nuestros pastores y de los yaks.
Contratamos una camioneta todoterreno para
recorrer los 16 kilómetros restantes hasta Samye.
La pista de tierra atravesaba varias aldeas y pasaba junto a Hepo Ri, una montaña sagrada que se alza sobre el entorno de Samye. Según las creencias locales que nos explicaron, los peregrinos subían hasta ella, colocaban la figura de una casita y pasaban una noche. Para que cuando se produjera su muerte su alma supiera el camino.
Llegamos a Samye hacia las once y media de la mañana. En el centro del pueblo se encontraba su célebre monasterio.
10. Nuestra impresión del trekking de Ganden a Samye
El trekking
de Ganden a Samye fue mucho más que una caminata entre dos monasterios. Durante
tres días y medio atravesamos paisajes de una belleza extraordinaria, superamos
dos pasos de montaña de más de 5.000 metros y descubrimos pequeñas comunidades
donde la vida seguía estrechamente vinculada a los animales y al ritmo de las
estaciones.
Antes de
empezar, los 50 kilómetros y la altitud de los collados imponían respeto. Había
una mezcla de ilusión y nerviosismo, de ganas de comenzar y de incertidumbre
ante lo que nos esperaba.
Una vez
terminada la travesía, comprobamos que habíamos superado el reto mejor de lo
previsto. Incluso nos quedó la sensación de que habría merecido la pena
completar también a pie el tramo entre Ganden y Hepu y el acceso final a Samye.
Pero esa
valoración solo puede hacerse después, cuando el camino ya ha quedado atrás y
uno sabe que todo ha salido bien.
Los collados
fueron momentos inolvidables. Alcanzar Shugu-La, desplegar las banderas de
oración y contemplar aquel horizonte inmenso nos produjo una satisfacción
difícil de describir.
El paisaje
parecía premiar cada paso de la subida.
Sin embargo,
los recuerdos más cálidos están relacionados con las personas. Los niños de
Hepu, las familias que nos invitaron a sus tiendas, los pastores que
acompañaban a los yaks y la hospitalidad con la que compartieron su té y su
comida hicieron que nos sintiéramos mucho más cerca de aquella tierra.
También fue
una oportunidad para observar las transformaciones que atraviesan las
comunidades tibetanas. Las tiendas tradicionales, las viviendas nuevas, los
teléfonos móviles y los paneles solares convivían en un paisaje donde las
costumbres ancestrales seguían presentes, aunque no necesariamente intactas.
La llegada a
Samye puso el broche a la aventura. Después de varios días de aislamiento, el
monasterio nos permitió conectar aquella experiencia física con la historia
espiritual del país.
Fue una
travesía exigente, emocionante y profundamente humana. Una de esas experiencias
que explican por qué merece la pena viajar.
11. Consejos para organizar el trekking en la
actualidad
La travesía
que describimos se realizó en 2011. Aunque el itinerario sigue apareciendo en
la oferta de trekking del Tíbet, no conviene utilizar los precios, permisos ni
condiciones de aquella época para preparar un viaje actual.
Distancia y duración
La ruta
completa entre Ganden y Samye son unos 80km, en unos cuatro o cinco días de
trekking. Nuestra experiencia fue de 50km al comenzar en la aldea de Hepu.
Antes de
contratar la excursión, conviene confirmar los kilómetros reales, las etapas,
los lugares de acampada y los pasos de montaña incluidos.
Altitud y aclimatación
La altura es
el principal factor de dificultad. El itinerario atraviesa zonas por encima de
los 4.000 metros y collados que superan los 5.000. Es fundamental disponer de
tiempo para aclimatarse antes de empezar y no confiarse por encontrarse en
buena forma física.
El mal de
altura puede afectar incluso a personas entrenadas.
Ante
síntomas importantes o progresivos, la prioridad debe ser detener el ascenso y
buscar asistencia; el descenso puede resultar necesario. No debe darse por
hecho que un remedio tradicional o un analgésico previene o trata adecuadamente
el problema.
Permisos y organización
Los viajeros
extranjeros deben comprobar los requisitos de entrada y circulación aplicables
a su nacionalidad y al itinerario concreto.
La
tramitación de los permisos para el Tíbet puede requerir una agencia autorizada
y la organización previa del recorrido. Las normas pueden cambiar, por lo que
es recomendable confirmarlas antes de reservar.
Equipo y campamento
La travesía
se desarrolla en un entorno remoto y no debe plantearse como una ruta con
alojamientos y servicios regulares. Es necesario prever tiendas adecuadas, saco
de dormir para temperaturas bajas, ropa impermeable, protección solar, calzado
de montaña, agua y alimentación suficientes, así como un plan de emergencia.
La lluvia,
las tormentas y el frío pueden aparecer incluso en verano. También es
importante valorar las condiciones del sendero y de los cruces de agua, que
pueden variar según el tiempo.
Precios y datos históricos
Las tarifas
que aparecen en las notas originales —entradas, comidas, alojamiento y
transporte— corresponden a 2011. Se conservan como parte del relato histórico,
pero deben verificarse antes de viajar. Lo mismo sucede con los horarios, los
accesos y las condiciones de visita de los monasterios.
10.Samye: el primer monasterio del Tíbet, entre montañas y leyendas
En un amplio valle junto al río Yarlung Tsangpo, rodeado de montañas áridas y bajo el inmenso cielo tibetano, se encuentra Samye, uno de los lugares más importantes de la historia del budismo tibetano.
Su fundación, en el siglo VIII, marcó un antes y un después en la expansión del budismo por el Tíbet. Según la tradición, fue el primer monasterio budista del país y el escenario de algunos de los episodios que forjaron su identidad espiritual.
Pero Samye es mucho más que un lugar histórico. Su templo principal, concebido simbólicamente como el monte Meru, centro del universo en la cosmología budista, y la disposición de sus edificios evocan un mandala sagrado.
Visitarlo es adentrarse en un universo de leyendas, creencias y arquitectura singular, donde cada rincón parece conservar la memoria de los maestros que contribuyeron a transformar el Tíbet.
Samye pueblo
Era una pequeña población, con solo un par de calles.
Todo gira en torno a su impresionante monasterio.
Alojamiento:
Samye Monastery Hotel, a poca distancia del recinto religioso.
Dónde comer:
Enfrente del hotel Samye Monastery había tres restaurantes
Sopa, tofu, arroz, ensalada de patatas, huevo con tomate. 50Yuans/5p-¡Por 1€!
El monasterio de Samye: el origen del budismo
tibetano
Fundado durante el siglo VIII, Samye está considerado tradicionalmente el primer monasterio budista del Tíbet.
Su historia se relaciona con el rey Trisong Detsen y con la labor de maestros como Padmasambhava (Guru Rimpoche) y Shantarakshita, que desempeñaron un papel esencial en la consolidación del budismo en el territorio tibetano.
| ¡¡¡¡¡SAMYE!!!!!! |
El gran debate de Samye
La tradición
histórica vincula Samye con un importante debate religioso sobre la orientación
que debía seguir el budismo tibetano. En el relato tradicional, el rey apoyó la
corriente budista india frente a otras interpretaciones de la doctrina.
El proceso
de implantación del budismo fue complejo y prolongado. Las creencias locales,
incluidas las tradiciones asociadas al Bön, no desaparecieron de repente, sino
que interactuaron con el budismo y contribuyeron a configurar el paisaje
religioso tibetano.
Una antigua
estela del recinto recuerda el apoyo real al budismo durante el siglo VIII. La
inscripción constituye uno de los elementos históricos más relevantes del
conjunto.
| la estela del debate de Samye El budismo se declara religión del Tibet |
Un mandala construido en piedra
Samye tiene una disposición arquitectónica singular.
Accedimos por su PUERTA ORIENTAL.
Tras pasar junto al edificio de Jampel Ling, llegamos a
una plaza desde la que se contemplaba la estructura central, el Utse, con sus
fachadas y tejados de varios niveles.
Frente al templo se levantaban altos postes cubiertos de banderas de oración y un gran incensario.
Al entrar encontramos la gran sala de reuniones, donde varios monjes estaban orando.
En
las capillas posteriores se sucedían las imágenes de budas, bodhisattvas y
deidades protectoras, iluminadas por lámparas de mantequilla.
Recorrimos también las plantas superiores, donde destacaban los frescos. Algunas pinturas representaban el bardo, el estado intermedio descrito en la tradición budista tibetana entre la muerte y el renacimiento.
Desde las plantas altas se obtenían magníficas vistas de todo el complejo, con sus edificios y chortens distribuidos alrededor del templo central.
El oráculo de Pehar y la capilla de las almas
Otra de las
construcciones que visitamos fue el antiguo recinto relacionado con el oráculo
de Pehar, una figura vinculada a la tradición oracular tibetana.
| Oraculo Pehar La kora exterior de Samye |
Terminamos la visita recorriendo la kora exterior, el circuito de peregrinación que rodea el conjunto.
A lo largo del camino aparecían ruedas de oración, capillas
y otros edificios religiosos.
- El centro de traducción de textos;
- La antigua imprenta: Tsemang Ling;
- Más capillas, entre ellas Aryapalo ling, la primera de Samye
- Jampa ling donde tuvo lugar el debate de Samye, (estaba en proceso de restauración)
| Jampa Ling |
Tras varios
días caminando por las montañas, completar aquel circuito fue el cierre
perfecto de la travesía. Habíamos comenzado en Ganden, uno de los grandes
centros de la escuela gelugpa, y terminábamos en Samye, un lugar fundamental
para comprender los primeros siglos del budismo tibetano.
De Samye partimos después hacia Tsetang y el valle de Yarlung, la siguiente etapa de nuestro viaje por el Tíbet.

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