sábado, 24 de agosto de 2019

LHASA-EL BARKHOR (BARRIO ANTIGUO)

Lhasa, el corazón espiritual del Tíbet

Viajar a Lhasa es adentrarse en uno de los lugares más fascinantes de Asia, una ciudad donde las banderas de oración ondean al viento, el aroma del incienso se mezcla con el de la mantequilla de yak y los peregrinos recorren las calles con sus molinos de oración entre las manos. 

A más de 3.600 metros de altitud, la capital tibetana conserva una fuerza espiritual difícil de encontrar en otros lugares del mundo.

El majestuoso palacio del Potala, los templos centenarios y el bullicioso barrio de Barkhor nos acercan a una cultura profundamente ligada al budismo.

Pero Lhasa también sorprende por sus contrastes: junto a las callejuelas tradicionales y los santuarios llenos de devotos, se extienden grandes avenidas, edificios modernos y muestras evidentes de una transformación que ha cambiado la ciudad en pocas décadas.

Nuestra llegada en tren, después de más de cuarenta horas de viaje desde Pekín, marcó el comienzo de una experiencia inolvidable. Durante varios días recorrimos sus calles, descubriendo pequeños templos escondidos, monasterios y casas de té donde la vida cotidiana parecía transcurrir al margen del tiempo. 

Lhasa no es solo una ciudad que visitar en el Tíbet: es una puerta a su historia, su espiritualidad y sus profundas contradicciones

En este primer artículo sobre Lhasa encontrarás…

  1. El tren Pekín-Lhasa
  2. La llegada a Lhasa: el primer encuentro con el Potala.
  3. Historia y leyendas de la antigua capital tibetana.
  4. Cómo moverse por Lhasa 
  5. Dónde alojarse en Lhasa
  6. El Barkhor: el corazón del Tíbet tradicional.
  7. Los templos escondidos del casco antiguo.
  8. Ramoche y los barrios de la Lhasa más cotidiana.

1. El tren de Pekín a Lhasa: una aventura que estuvo a punto de torcerse

Nuestro viaje por China y el Tíbet comenzó el 28 de julio de 2011. Teníamos previsto entrar en el Tíbet a bordo del tren que une Pekín con Lhasa.

Creíamos tener los billetes comprados, pero, una vez en Pekín, descubrimos que no era así. Por lo que conseguimos entender, el dinero no había llegado correctamente al intermediario encargado de gestionar las reservas. Logramos recuperar el importe.

Consultamos varias agencias en Pekín, pero todas nos daban la misma respuesta: conseguir cinco billetes con tan poco margen de tiempo era imposible.

Por momentos, llegamos a pensar que tendríamos que quedarnos en China y renunciar al Tíbet.

Entonces surgió una idea sencilla: acudir directamente a la estación.

Tomamos un taxi hasta la estación de tren oeste de Pekín y fue tan sencillo como preguntar dónde estaba la ventanilla y solicitar cinco plazas.

—Nǐ hǎo, hola. ¿La ventanilla para comprar billetes a Lhasa?

Una vez allí, fuimos directos:

—¡Cinco billetes para Lhasa, por favor!

¡Y ya está! Eso fue todo. No nos pidieron los permisos tibetanos ni los pasaportes en la ventanilla. Simplemente, conseguimos nuestros cinco billetes para el 4 de agosto.

Costaron 330 yuanes por persona, unos 36 euros al cambio de entonces. Solo quedaban asientos; las literas estaban agotadas. La salida estaba prevista para el 4 de agosto.

No terminábamos de comprender cómo habíamos logrado hacerlo con tanta facilidad al final. Nos preguntábamos si los billetes serían válidos o si faltaría algún trámite más. Pero llegó el día y el tren salió a la hora prevista.

Hoy no recomendaríamos repetir aquella operación: las condiciones de acceso han cambiado y los extranjeros deben contar con la documentación exigida para viajar al Tíbet. Nuestra experiencia es una anécdota de 2011.

estación de tren oeste


Cuarenta y tres horas de tren hasta Lhasa

El día asignado el tren partió a 20h. ¡Nuestros billetes eran correctos!

Todo fue fácil. En el gran panel ubicado en la entrada leímos que nuestro tren era el T27 y habíamos de ir a la sala 8.

estacion tren Oeste

Cruzamos un torno donde mostramos ese billete ¡y nada más! 

Rellenamos un formulario sobre que asumíamos los posibles efectos del mal de altura, ¡que luego nadie nos pidió!

A 19,45h pasamos al andén donde estaba ese largo tren, de color verde y franja amarilla.

Atrás fuimos dejando los vagones de literas, los de las blandas y los de las duras, ¡nosotros íbamos a la sección de asientos!

Partió puntual. ¡Estábamos de camino al Tibet!

Por delante nos quedaba esa primera noche, todo el día siguiente; una segunda noche y llegar a Lhasa a 16h.

¡43h de tren! Y todo, en asiento.

Eran cómodos y estaban distribuidos en grupos de cuatro, enfrentados alrededor de una mesa central. Para una jornada tan larga, se agradecía. Aunque, claro, después de 43 horas la comodidad quedó atrás.

La segunda noche, algunos pasajeros acabaron tumbándose en el suelo del compartimento para intentar dormir algo. No fue el trayecto más cómodo de nuestra vida, pero terminó convirtiéndose en una de esas experiencias de viaje que se recuerdan durante años.

vagón literas

El paisaje de algunas etapas resultó monótono, y ni siquiera pudimos contemplar el mítico paso de Tanggula, situado a más de 5.000 metros, porque lo atravesamos de noche

Había un vagón restaurante. Una comida consistió en sopa+arroz+ternera con judías o pollo bambú. 6Yuans pp-1€

Para la cena probamos una de las cajas de comida que vendían a bordo. La nuestra contenía una combinación sencilla de arroz, tortilla, pepinillo y cebolla. Costaba 20 yuanes por persona.

vagón restaurante

Llegamos a Lhasa sin experimentar síntomas de mal de altura.  

La estación era moderna. 

Hacia calor. 23ªC.

Sorprendentemente, tampoco tuvimos que pasar por los controles que esperábamos ni mostrar los permisos que pensábamos que nos iban a solicitar.

Aquello fue posible en las circunstancias concretas de 2011. Hoy, la documentación y las condiciones de entrada deben comprobarse previamente. 

estacion tren Lhasa

Llamamos a la agencia y apareció Dhondup.

Inmediatamente nos saludó con una amplia sonrisa y nos colocó una khata alrededor del cuello, una bufanda ceremonial que simboliza bienvenida, respeto y buenos deseos.

Con su furgoneta nos llevó hasta nuestro alojamiento, el Banak Shöl, situado en una avenida principal de la ciudad.

¡Estábamos en Lhasa!

¡Kiki soso la gyala! ¡Conseguido! ¡Buena suerte!

El mal de altura: nuestra experiencia

Lhasa se encuentra a unos 3.650-3.700 metros de altitud. A esa altura, incluso quienes llegan en buena forma física pueden experimentar dolor de cabeza, cansancio, náuseas, falta de apetito o alteraciones del sueño.

Antes de comenzar las visitas, entramos en una farmacia local de Beijing Donglu y compramos unas ampollas de un preparado tradicional que nos recomendaron para el mal de altura, conocido como «Solomano».

Tomé una al día durante tres días y, por fortuna, no tuve problemas importantes durante el viaje. No podemos saber si el preparado tuvo algún efecto o si simplemente nos adaptamos bien a la altitud.

Nuestra experiencia no debe interpretarse como una recomendación médica. Ningún remedio tradicional sustituye a una aclimatación adecuada ni garantiza que no aparezca el mal de altura. Lo prudente es llegar progresivamente, descansar al principio, evitar esfuerzos intensos y buscar asistencia médica si aparecen síntomas preocupantes.

2. Lhasa: la ciudad sagrada del Tíbet

La residencia de los dioses. La Roma lamaísta. Ubicada en el valle del rio Kyusu.

Lhasa era el lugar con el que llevábamos tiempo soñando. La ciudad del Potala, del templo de Jokhang y del Barkhor; la capital espiritual del budismo tibetano.

Pero también era una ciudad que había cambiado enormemente.

Junto a los edificios tradicionales, los templos y las calles del casco antiguo aparecían grandes avenidas, centros comerciales, edificios administrativos, fachadas de cristal y acero, tráfico y una iluminación urbana que, en algunos puntos, resultaba estridente.

En apenas dos décadas, Lhasa había experimentado una transformación extraordinaria.

El antiguo asentamiento de Shöl, a los pies del Potala, había perdido buena parte de su carácter histórico. Frente al palacio se extendía ahora una gran plaza monumental, presidida por el monumento conocido como Monumento a la Liberación Pacífica del Tíbet.

Calle principal de Lhasa: Beijing Dunlou. El Potala al fondo


El Potala

Plaza con monumento liberación Tibet frente al Potala

2.1. El origen de Lhasa: reyes, princesas y leyendas

La historia de Lhasa está estrechamente ligada a Songtsen Gampo, uno de los grandes soberanos de la historia tibetana. Durante el siglo VII, desde el valle de Yarlung unificó un Tibet hasta entonces dividido en comunidades tribales y colocó su capital en Lhasa, construyendo un palacio que siglos después derivaría en el Potala.

Para consolidar alianzas, contrajo matrimonio con dos princesas extranjeras: la china Wencheng y la nepalí Bhrikuti.


La tradición tibetana atribuye a ambas princesas un papel decisivo en la introducción del budismo en el país.


Habrían llegado acompañadas de imágenes sagradas y objetos religiosos que contribuyeron a extender la nueva fe.


Para albergar la imagen traída por Bhrikuti se alzó el templo Johkang y para la de Wencheng el templo Ramoche, imagen que luego, a la muerte del rey, fue también trasladada al Johkang.


S. Gampo y sus dos esposas

2.2. La leyenda de la demonio que ocupaba el Tíbet

Según el relato tradicional, la princesa Wencheng descubrió que un demonio femenino ocupaba el altiplano tibetano. Su cuerpo se extendía sobre el territorio y obstaculizaba la implantación del budismo.


Identificó la posición de sus brazos, piernas y corazón y, para someterla, ordenó levantar templos en cada uno de esos puntos.


El Jokhang se construyó sobre un lago que correspondía al corazón.


¡ESA ES LA RAZON DE LOS PRIMEROS TEMPLOS BUDISTAS TIBETANOS!: TENER ATADO A ESE DEMONIO QUE IMPEDÍA LA EXPANSIÓN DE LA NUEVA RELIGIÓN!

Es una leyenda, no una explicación histórica demostrada, pero resulta fascinante porque revela la manera en que la cosmología tradicional interpretaba la geografía y la sacralización del territorio.

2.3. ¿Por qué Lhasa significa «tierra de los dioses»?

Para rellenar ese lago sobre el que se alzaría el templo Johkang se hizo con tierra traída a lomos de cabras. 

Por esto en el siglo VII se le adjudicó el nombre RASA=TIERRA (SA) DE CABRAS (RA).

Con el tiempo, Rasa habría evolucionado a Lhasa, interpretado como «tierra de los dioses» o «lugar de los dioses». 

2.4. El Potala y el regreso de la capital a Lhasa

No siempre Lhasa fue la capital. Antes también lo fueron las localidades de Sakya y Shigatse

La ciudad recuperó un papel central con el quinto Dalai Lama, Ngawang Lobsang Gyatso (1617-1682). Durante su gobierno comenzó la gran reconstrucción del palacio del Potala, sobre la colina de Marpo Ri, en el emplazamiento asociado al antiguo palacio de Songtsen Gampo.

El Potala se convirtió en uno de los símbolos más poderosos del Tíbet: residencia de invierno de los Dalai Lamas, centro de poder político y religioso y obra maestra de la arquitectura tibetana.

Hoy, junto con Jokhang y el palacio de verano de Norbulingka, forma parte del conjunto histórico reconocido por la UNESCO como Patrimonio Mundial. 


La ciudad se extendía entre tres colinas:
  • MARPO RI donde se situaba el Potala,
  • CHANGPO RI, antes con la universidad medicina tibetana, hoy con una antena televisión. En ella habbía dos monasterios y muchos escultores
  • PARMA RI con varios monasterios secundarios
Presenta cuatro koras (circuitos sagrados de peregrinación)
  • Nangkhor: kora interior del Johkang
  • Barkhor: kora exterior del Johkang
  • Lingkor: 8km
  • Tsekhor: kora del Potala
Los hicimos todos. Por tanto, quedamos cargados de sonam (méritos) y tashi (buena suerte) 

3. Cómo moverse por Lhasa 

Pese a su extensión y a las grandes avenidas, buena parte de los lugares de mayor interés se podía recorrer a pie.

La ciudad histórica se organiza alrededor de varios puntos esenciales: el Potala, el Barkhor y el templo de Jokhang.

Más al oeste se encuentra Norbulingka, el antiguo palacio de verano de los Dalai Lamas.

3.1. A pie, en autobús o en taxi

La avenida de Beijing Donglu constituía uno de los principales ejes urbanos y nos servía para orientarnos. Todo lo interesante se encontraba en los alrededores de esta avenida. 

Para visitar Norbulingka y los monasterios de Sera y Drepung utilizamos los autobuses públicos. En 2011, el billete costaba alrededor de 1 yuan por trayecto.

Los taxis también eran económicos y fiables. Sus conductores llevaban uniforme y licencia visible.

En cualquier caso, caminar fue nuestra forma favorita de descubrir Lhasa. Las distancias entre los principales monumentos eran razonables y, sobre todo, pasear nos permitía desviarnos por calles secundarias y descubrir rincones que probablemente habríamos pasado por alto desde un vehículo.

Beijing Donglu

4. Dónde alojarse

El Banak Shöl: alojamiento de estilo tibetano

Un establecimiento situado cerca del Barkhor y con una fachada y un patio interior de estilo tradicional tibetano.

Las habitaciones se distribuían alrededor del patio, donde también se aparcaban los vehículos. El edificio tenía dos plantas y conservaba una atmósfera muy distinta de la de los hoteles modernos de las grandes avenidas.

Reservamos una habitación triple y otra doble. Eran amplias, sencillas y estaban amuebladas al estilo local. Con baño privado.

Los precios en agosto de 2011 fueron:

  • Habitación doble: 7 euros por persona.
  • Habitación triple sin baño: 3 euros por persona.

Fue precisamente en el hotel donde, por fin, nos solicitaron los permisos para completar el registro de entrada.

Después de 43 horas de tren, una ducha larga era imprescindible. Nos quitamos de encima el cansancio del viaje y salimos a cenar.

Otros alojamientos tradicionales:

  • Snowland,
  • Kirey, 
  • Yak hotel, 
  • Kyichu

Banak shol

5. Dónde comer en Lhasa

Nuestra primera cena fue en el restaurante Nam Tso, junto al alojamiento. 

Pedimos momos de yak, una sopa tibetana, un plato de tofu y arroz con yogur de postre.

La cuenta fue de unos 125 yuanes para los cinco,  25 yuanes por persona (2,5€)

Durante nuestra estancia también frecuentamos otros restaurantes que nos gustaron especialmente:

  • Nam Tso, por su proximidad al alojamiento y su cocina.
  • Mandala, en las inmediaciones de la plaza Barkhor.
  • Ganges, con una terraza estupenda para contemplar el ambiente del casco antiguo.
  • Snowland y Pentoc, que también figuraron entre nuestros favoritos.

Los nombres y los precios corresponden a nuestra experiencia de 2011; conviene comprobar la ubicación y la continuidad de estos establecimientos antes de utilizarlos como referencias para un viaje actual.

6. El Barkhor: el corazón de la Lhasa tibetana

Nuestro primer paseo por el Barkhor fue de noche. Y fue impresionante.

Adentrarnos en aquel barrio antiguo fue como atravesar una puerta hacia otra época. Calles estrechas, fachadas tradicionales, pequeños comercios, templos escondidos y el inconfundible olor del incienso.

El Barkhor es el corazón histórico y espiritual de Lhasa, organizado alrededor del templo de Jokhang, uno de los santuarios más venerados del budismo tibetano.

La plaza constituía su centro. Allí se concentraban los peregrinos, los comerciantes y los fieles que llegaban para recorrer el circuito sagrado que rodea el templo. En sus inmediaciones se encontraban los grandes incensarios de piedra, los postes de oración y los puestos donde se vendían objetos rituales.

Durante nuestra estancia regresamos al Barkhor todos los días, a distintas horas. Y siempre nos resultó fascinante.

plaza Barkhor

5.1. La plaza Barkhor y el templo de Jokhang

La plaza estaba presidida por el templo de Jokhang. En torno a él se desarrollaba la vida del barrio.

Cuatro grandes incensarios de piedra, conocidos como sangkang, ocupaban puntos destacados del entorno. El humo de las ofrendas aromáticas envolvía el espacio y creaba una atmósfera muy particular.

También había dos postes de oración, los darchen, y numerosos puestos donde se ofrecían khatas, rosarios, incienso, velas, pequeños molinillos de oración llamados mani khor, objetos religiosos y las banderas de oración o caballos del viento.

Compramos algunas de estas banderas para llevarlas durante las caminatas por las montañas y colocarlas en los puertos que atravesáramos. 

Templo Johkang

5.2. Peregrinos, mantras y postraciones

Uno de los recuerdos más intensos de aquellos días fue observar a los peregrinos que llegaban al templo.

Muchos caminaban lentamente, haciendo girar sus molinillos de oración y recitando el mantra Om mani padme hum. Otros realizaban el recorrido mediante postraciones completas.

La técnica, conocida como chaktsal o chag tshal, exige un esfuerzo físico considerable. El peregrino avanza unos pasos, junta las manos, las eleva, se arrodilla y se extiende completamente sobre el suelo. Después se incorpora y repite el movimiento, una y otra vez.

Cada postración forma parte de una práctica de devoción y purificación espiritual. Puede requerir días o incluso semanas de esfuerzo.

Contemplar aquellas escenas en medio de la actividad cotidiana de la plaza nos impresionó profundamente. 

5.3. Las calles comerciales: entre tradición y modernidad

El Barkhor tenía también otra cara.

Dos de sus calles comerciales principales reflejaban muy bien la transformación que estaba experimentando Lhasa.

Zhishenge Lu conectaba la avenida principal Beijing Donlu con la plaza. Encontramos numerosas agencias, tiendas de recuerdos y establecimientos especializados en material de montaña.

Era un buen lugar para comprar ropa de abrigo, forros polares y otros artículos que podían resultar útiles durante las etapas de montaña del viaje.

C/Zishenge Lu

La otra arteria, Yutuo Lu, se extendía hacia el oeste, en dirección al Potala. Allí encontramos boutiques, anuncios luminosos, fuentes y edificios comerciales que contrastaban con las calles tradicionales.

Algunos elementos decorativos nos parecieron especialmente recargados: arcos multicolores y farolas ornamentales que, a nuestro juicio, tenían poco que ver con la sobriedad de la arquitectura tibetana.

Yutuo Lu

Yutuo Lu salida al Potala

5.4. Un laberinto de callejones y templos escondidos

Lo que más disfrutamos del Barkhor fue descubrir sus rincones más recónditos.

Llevábamos un mapa bastante rudimentario en el que aparecían señalados varios templos. Nos propusimos localizarlos todos, aunque algunos se encontraban en pasajes estrechos, patios interiores o callejones sin salida.

Íbamos de uno a otro, pasando ante casas tradicionales, generalmente de uno a tres pisos, construidas con piedra y ladrillo, con cubiertas planas y ventanas trapezoidales. 

Pequeños talleres, patios comunitarios, comercios familiares y santuarios discretos.

calle principal del Barkhor


A lo largo de esta avenida se disponía una larga hilera de puestos. Ofreciendo chubas, pangdens (mandiles), hábitos, los gorros amarillos de los geluppas… anticuarios; instrumentos como el dungchen (trompeta larga), los rolmo (platillos), los drilbus (campanillas), los damarus (tambor)… otros ofrecían comidas…

khatas


6. Los templos del Barkhor

El casco antiguo de Lhasa guardaba una cantidad sorprendente de pequeños santuarios. Algunos eran conocidos, pero otros resultaban difíciles de encontrar incluso con el mapa en la mano.

6.1. Jampa Lhakhang, Mani Lhakhang y Meru Nyingba

Detrás del templo de Jokhang descubrimos estos tres santuarios de ambiente recogido.

Alejados del bullicio de las calles principales, ofrecían una atmósfera íntima. 

En Meru Nyingba, situado en un patio comunitario, un monje me invitó a probar una patata cocida con condimentos.

Meru Ningba

6.2. La plaza Mani Lhakhang y el templo Rabtse

Una calle peatonal comunicaba la plaza Barkhor con otra más pequeña, la plaza Mani Lhakhang, donde se encontraba un poste de oración y un santuario.

Desde allí, a poca distancia hacia el sur, localizamos el templo Rabtse. Estaba prácticamente oculto tras una densa cortina de humo procedente de los incensarios.

templo Rabtse

6.3. La mezquita y el barrio musulmán

En el sector meridional del casco antiguo visitamos la mezquita y recorrimos el barrio musulmán, con sus comercios y su mercado callejero.

El mercado tenía una actividad distinta de la que encontrábamos alrededor de Jokhang. Entre puestos de alimentos y tiendas se desarrollaba una vida cotidiana que aportaba otra perspectiva sobre la diversidad cultural de la capital tibetana.

Al oeste de la mezquita localizamos también la pequeña capilla de Lho Rigsum Lhakhang, un rincón en el que encontramos numerosos fieles.

Más adelante, en un callejón todavía más escondido, dimos con el pequeño santuario de Pode Kangtsang y una curiosa pagoda situada en el centro de la capilla.

6.4. Artesanos, talleres y vida cotidiana

Seguimos hacia Lingkhuo Nanlu descubrimos una Lhasa mucho más cotidiana.

Había talleres de fideos, fabricantes de tambores, pintores de thangkas —las pinturas religiosas tradicionales—, tiendas de imaginería y pequeños negocios de artesanía.

También encontramos sastres, puestos callejeros y talleres en los que se elaboraban instrumentos musicales utilizados en las ceremonias religiosas.

Entre ellos destacaban los dungchen, largas trompetas ceremoniales; los rolmo, una especie de platillos; las campanillas rituales llamadas drilbu y los tambores conocidos como nga y damaru.

Aquel recorrido nos permitió descubrir que el Barkhor no era un barrio convertido exclusivamente en escaparate turístico. Seguía siendo un espacio de trabajo, residencia, comercio y práctica religiosa.




6.5. Ani Tsankhung: el convento de monjas

Uno de nuestros descubrimientos favoritos fue Ani Tsankhung, un convento budista femenino situado en el casco antiguo.

Entrada de 40 yuanes. (2011) 

El conjunto estaba muy bien cuidado. A la entrada había incensarios y una casa de té tradicional que invitaba a detenerse. Más allá se encontraba una amplia sala de reuniones en la que entramos mientras varias monjas rezaban y entonaban cánticos.

Nos impresionó la sonoridad de los rezos y la naturalidad con la que se desarrollaba la vida del convento.

Subimos a la azotea y pudimos ver algunas dependencias, la cocina y otros espacios del edificio. También visitamos una sala de meditación vinculada tradicionalmente a Songtsen Gampo y una capilla con una representación de Chenresig, el bodhisattva de la compasión, de mil brazos.

En otra estancia, varias monjas recortaban pequeños papeles con oraciones que después se incorporaban a los molinillos de oración.

El convento combinaba, así, la práctica espiritual con trabajos artesanales que contribuían a mantener la comunidad.






6.6. Una casa de té inolvidable

Al salir de Ani Tsankhung no pudimos resistirnos a la tentación de entrar en aquella casa de té.

Estaba concurrida. Pedimos un té dulce y unos momos caseros deliciosos.

Sentados entre los vecinos, observando cómo conversaban y compartían su tiempo, sentíamos que estábamos descubriendo otra dimensión de Lhasa.



Vuelta hacia el corazón del Barkhor vimos el templo Karmashar, con su fachada amarilla. Su entrada estaba en un callejón sin salida.

templo Karmashar

Luego el más modesto Rigsum Lhakang, entre carnicerias, y TENGYE LING que albergaba el "Buda borracho" (Al Buda del templo principal se le ofrecía vino de arroz, por eso este templo olía a alcohol)

7. Los templos al norte de Beijing Donglu

Al norte de la gran avenida de Beijing Donglu encontramos otros santuarios que merecieron nuestra atención.

7.1. Tsome Ling y Shide Tratsang

El templo de Tsome Ling era uno de los cuatro complejos conocidos tradicionalmente como Ling, vinculados a la nobleza.

Entrada 10 yuanes. (2011)

El conjunto se componía de dos templos y el palacio rojo, del XIX

Mientras callejeábamos por esta zona dimos también con Shide Tratsang, un antiguo complejo religioso que entonces se encontraba en ruinas, a pesar de haber desempeñado un papel importante en la historia de la ciudad.

entrada al Tsome Ling




7.2. Gyüme: los estudios tántricos

Siguiendo Beijing Donglu hacia el este llegamos a Gyüme, un importante centro de estudios tántricos.

Cerca de Gyüme encontramos el templo de Meru Sarpa, donde nos llamó la atención una figura divina con aspecto de rana.

 

7.3. Ramoche, el templo hermano de Jokhang

Se encuentra al norte del Barkhor y se accede por una calle comercial animada, llena de pequeños puestos y establecimientos locales.

La tradición relaciona su construcción, en el siglo VII, con la imagen de Buda que la princesa china Wencheng habría llevado al Tíbet. 

A la entrada encontramos a varios fieles realizando postraciones. Junto a las figuras de los dioses guardianes había un monje tocando un nga, un tambor suspendido que hacía sonar con una baqueta curvada.

La escena era poderosa, pero lo que nos esperaba en el interior todavía nos impresionó más.

En la capilla principal encontramos un grupo de monjes vestidos con espectaculares trajes ceremoniales y tocados. La riqueza de las vestimentas, el sonido de los instrumentos y el ambiente del templo componían una imagen difícil de olvidar.

El sanctasanctórum quedaba oculto tras una cota de malla metálica que los fieles frotaban en busca de la buena fortuna. Detrás estaba la imagen más sagrada custodiada por 4 reyes guardianes.

Recorrimos tanto el circuito interior como el exterior del templo. 

calle Ramoche






7.4. Tsepak Lhakhang y el Buda de la longevidad

Junto a Ramoche encontramos otra capilla más pequeña, Tsepak Lhakhang, que también recibía numerosos fieles.

Su nombre está relacionado con el Buda de la longevidad.

En el interior encontramos varios monjes vestidos con hábitos rojos. El ambiente era recogido, muy diferente del bullicio de las calles comerciales que rodeaban el templo.



7.5. La calle Ramoche y sus casas de té

Al salir continuamos por la calle Ramoche, una vía animada en la que se sucedían los puestos y los pequeños comercios.

En su final encontramos una casa de té tradicional con un amplio patio, bancos de madera, mesas bajas y numerosas plantas. 

También entramos en otro local muy popular, frecuentado por vecinos que se reunían para ver la televisión y conversar. Allí coincidían residentes de la ciudad con personas llegadas desde pueblos cercanos para hacer compras o realizar gestiones.

Nuestros vecinos de mesa nos contaron que procedían de una localidad próxima al Everest. Sus rostros estaban curtidos por el sol y la altitud, y vestían sus mejores ropas para aquella visita a la capital.

Y así, entre templos escondidos, mercados, casas de té y encuentros casuales, fuimos descubriendo una Lhasa más allá de la imagen monumental.











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