Lhasa, el corazón espiritual del Tíbet
Lhasa es la capital histórica del Tíbet. Una ciudad donde la arquitectura monumental, la tradición budista y la vida cotidiana de los peregrinos se entrelazan a cada paso. Aquí se alzan el legendario palacio del Potala, el templo Jokhang y la antigua plaza y barrio del Barkhor; pero también sobreviven pequeños santuarios, callejones escondidos, mercados tradicionales.
En la primera salida nos dedicamos a recorrer el antiguo barrio del Barkhor con sus calles tradicionales, sus templos. Ahora vamos a conocer algunos de sus lugares más emblemáticos: el Potala, el templo Jokhang, el palacio de verano de Norbulingka y los circuitos de peregrinación que rodean los principales santuarios.
También hubo tiempo para descubrir galerías de arte contemporáneo, mercados y casas de té frecuentadas por los habitantes de Lhasa.
Lhasa, el corazón espiritual del Tíbet
El palacio del Potala: el gran símbolo del Tíbet
Historia del Potala y la Colina Roja
Cómo visitar el Potala: permisos, entradas y subida
El Palacio Blanco: las dependencias de los Dalai Lamas
El Palacio Rojo: capillas, mandalas y tumbas monumentales
La kora del Potala: peregrinos y ruedas de oración
Qué es una kora tibetana
La casa de té excavada en la roca
Ruedas de oración y postraciones completas
El parque Lukang y el templo del lago
El templo Jokhang y la plaza del Barkhor
El santuario más venerado del Tíbet
Incensarios, postes rituales y lámparas de mantequilla
El koutou: una expresión de devoción
El interior del Jokhang: capillas, Budas y murales
La azotea del Jokhang: el Potala en el horizonte
Comer en el Barkhor
Norbulingka, el palacio de verano de los Dalai Lamas
Un oasis de jardines en Lhasa
Los palacios y la vida privada de los Dalai Lamas
Arte contemporáneo tibetano: Budas, cubismo y cultura pop
El Lingkhor: el gran circuito sagrado de Lhasa
Qué es el Lingkhor
Chakpori: arte religioso grabado en la roca
Los yaks dorados y el mercado de alimentos
Parmari y el templo de Gesar Ling
La pared de los mil Budas
El Potala iluminado: una última vuelta bajo la noche tibetana
Consejos para visitar Lhasa, el Potala y el Jokhang
Nuestra impresión de Lhasa
1. El palacio del Potala: el gran símbolo del Tíbet
De la avenida Yutuo Lu a la Colina Roja
La mañana comenzó en la plaza del Barkhor.
Desayunamos en el restaurante Mandala, cuya terraza ofrecía unas vistas
privilegiadas de la plaza.
Pancakes, yogur con frutas y cafés costaron 112 yuanes para cinco personas, unos dos euros por cabeza.
También comeríamos: Carne con setas+verduras salteadas+espagueti tibetanos+arroz con yogur 180Y/5p-4´5€pp
Entre los restaurantes que
también merecían la pena estaban el Ganges, en la propia plaza; el Nam Tso,
junto al hotel Banak Shol; el Pentoc y el Snowland.
Desde el
Barkhor, la avenida Yutuo Lu conducía hacia el Potala entre arcos de colores,
tiendas y edificios comerciales. Poco a poco, la silueta del palacio se hacía
más presente hasta dominar por completo el paisaje.
| Salida de C/Yutuo Lu-¡EL POTALA! |
Aunque el
Potala aparece en innumerables fotografías, contemplarlo en directo produce una
impresión diferente. Sus enormes muros, sus volúmenes escalonados y la
combinación de colores blancos y rojos parecen elevarlo sobre la ciudad.
Historia del palacio del Potala
El Potala se levanta sobre Marpo Ri, la Colina Roja, y se encuentra a unos 3.700 metros de altitud.
Su historia se remonta al siglo VII, cuando el rey tibetano Songtsen
Gampo estableció una residencia en esta colina. Sin embargo, el conjunto
monumental actual debe su configuración principalmente a las obras
emprendidas durante el siglo XVII por el quinto Dalai Lama.
La
construcción del Palacio Blanco comenzó en 1645. Tras la muerte del quinto
Dalai Lama, en 1682, se completó el Palacio Rojo, destinado fundamentalmente a
las funciones religiosas y funerarias. Posteriormente, distintas generaciones
fueron ampliando y modificando el complejo.
El Potala se convirtió en la residencia de invierno de los Dalai Lamas y en uno de los principales centros del poder político y religioso tibetano.
Cómo visitar el Potala: permisos, entradas y subida
Obtuvimos las entradas en la taquilla situada a pies del Potala, en la avenida Beijing Donglu.
Nuestro guía, Tsua, presentó los permisos de acceso.
Sólo se visitaba en un número determinado de personas/día.
Precio
entrada: 100 yuanes por persona, once euros. (2011)
| permiso de acceso |
Desde las taquillas de el recorrido continuaba por la zona de Shöl hasta alcanzar la subida al palacio.
El barrio de Shöl
Frente al palacio se extiende hoy una gran plaza monumental.
Allí se encontraba el antiguo barrio de Shöl, que descendía por la ladera hasta el río.
La transformación de este entorno modificó profundamente la relación entre el palacio y la ciudad histórica.
La explanada actual, presidida por un monumento dedicado a la llamada Liberación Pacífica del Tíbet, contrasta con el tejido urbano tradicional que existió en sus inmediaciones.
¡Llegó la primera gran prueba!
¡Afrontar los 999 escalones del Potala! Con las condiciones de la altura de Lhasa: 3700m.
La subida resultó menos agotadora de lo esperado. Los escalones eran suaves, espaciados, intercalados con tramos de rampas.
La verdadera taquicardia procedía de la emoción de estar allí, frente a uno de los monumentos más extraordinarios.
La visita se realizaba desde la parte superior e ir descendiendo.
Consejo: conviene subir despacio, detenerse cuando sea necesario y evitar esfuerzos innecesarios.
El Palacio Blanco: las dependencias de los Dalai Lamas
La visita comenzó en el Palacio Blanco, conocido en tibetano como Karpo Potrang.
Tras
atravesar una puerta decorada con figuras protectoras, se accedía al patio de
Deyang Shar, rodeado por la arquitectura característica del conjunto.
A partir de
allí comenzaba un recorrido por un auténtico laberinto de estancias: salas de
recepción, dependencias residenciales, bibliotecas, capillas, pasillos
estrechos y escaleras empinadas.
El interior no podía fotografiarse.
Entre los espacios visitados figuraban las dependencias relacionadas con el decimotercer y el decimocuarto Dalai Lama, la sala del trono y las estancias destinadas a las recepciones.
Más que un
palacio convencional, el Potala parecía una ciudad vertical, construida para
albergar simultáneamente funciones administrativas, residenciales y religiosas.
| patio del palacio blanco |
El Palacio Rojo: capillas, mandalas y tumbas
monumentales
La siguiente
parte de la visita transcurría por el Palacio Rojo, Marpo Potrang, dedicado
principalmente a las actividades religiosas y ceremoniales.
En su
interior se sucedían capillas, salas de meditación, mandalas, espacios de
oración y tumbas monumentales de varios Dalai Lamas. Entre ellas destacaban las
de figuras como el quinto, el séptimo y el decimotercer Dalai Lama.
La riqueza
ornamental de algunas de estas estructuras funerarias resulta extraordinaria.
Los metales preciosos, las piedras, las esculturas y los elementos ceremoniales
reflejan la importancia religiosa y política de las personas a las que están
dedicadas.
El recorrido
descendía de una planta a otra, entre salas que parecían multiplicarse sin fin.
2. La kora del Potala-el Tsekhor: peregrinos y ruedas de oración
Qué es una kora tibetana
La palabra kora
designa el recorrido ritual que los peregrinos realizan alrededor de un lugar
sagrado. Puede rodear un templo, un monasterio, una montaña o un palacio
religioso. Caminar en el sentido tradicional del circuito, recitando mantras y
haciendo girar ruedas de oración, forma parte de una práctica espiritual muy
extendida en el budismo tibetano.
Tras visitar
el interior del Potala, el recorrido continuó por su circuito exterior,
conocido como Tsekhor.
El primer tramo discurría por la amplia avenida Beijing Donglu, junto a una hilera de columnas rojas.
Cerca se encontraban dos estupas blancas. Una era el chorten occidental, sustituto de la antigua puerta occidental que antaño daba paso a la ciudad sagrada.
Uno de los
rincones más curiosos se encontraba bajo el Potala, en la ladera de Marpo Ri.
Era una casa de té excavada en la roca, cuyo interior parecía adentrarse en las
entrañas de la colina.
El lugar era
frecuentado por peregrinos tibetanos.
Probamos el cha ngama, un té tibetano dulce que se servía en un termo del que cada persona podía servirse directamente.
A su lado había un establecimiento donde vendían yogur de yak.
Ruedas de oración y postraciones completas
El circuito
continuaba junto a largas hileras de ruedas de oración. Los peregrinos las
hacían girar una tras otra mientras avanzaban, en ocasiones acompañando el
movimiento con la repetición de mantras.
Algunos
realizaban postraciones completas. Desde la posición erguida, se arrodillaban y
extendían el cuerpo sobre el suelo, con los brazos hacia delante, para después
incorporarse y repetir el gesto.
Estas
postraciones, denominadas chaktsal en tibetano, expresan devoción,
respeto y entrega espiritual. También se relacionan con la purificación de las
aflicciones mentales que el budismo describe tradicionalmente como los cinco
venenos: apego, ignorancia, envidia, orgullo y odio.
El parque Lukang y el templo del lago
El recorrido
conducía hasta el parque Lukang, donde se encontraban tres chortens blancos y
un gran incensario, conocido como sangkang.
También había un lago con una pequeña isla central, accesible mediante un puente.
En ella estaba el templo Lukang, pequeño, recogido, alzado por el sexto Dalai Lama para apaciguar a los Lu o nagas (seres acuáticos y subterráneos representados a menudo como serpientes o dragones)
Su entorno, con el agua y la vegetación, contrastaba con la monumentalidad del Potala.
3. El templo Jokhang y la plaza del Barkhor
El santuario más venerado del Tíbet
Si el Potala
representa la grandeza arquitectónica y política del Tíbet histórico, el
Jokhang constituye uno de los grandes centros de su vida religiosa.
Situado en el corazón del barrio antiguo, junto a la plaza del Barkhor, el templo es considerado uno de los santuarios más sagrados del budismo tibetano.
Su
fundación se remonta al siglo VII, durante el reinado de Songtsen Gampo, aunque
el edificio ha experimentado numerosas ampliaciones y transformaciones a lo
largo de su historia.
Su origen se
relaciona tradicionalmente con las dos esposas del monarca: la princesa
nepalesa Bhrikuti y la princesa china Wencheng. La tradición vincula a ambas
con la introducción de importantes imágenes budistas en el Tíbet. Para albergarlas, se alzaron estos templos.
La imagen
más venerada del Jokhang es Jowo Sakyamuni, una representación de Buda
Shakyamuni como joven príncipe, que la tradición asocia a la princesa Wencheng.
El Jokhang ha atravesado periodos difíciles, especialmente durante la Revolución Cultural, cuando sufrió graves daños y dejó de cumplir normalmente sus funciones religiosas. Posteriormente fue restaurado y recuperó su papel como centro de culto.
La entrada: incensarios, postes rituales y lámparas de
mantequilla
La entrada
principal se abría hacia la plaza del Barkhor. Frente a ella se encontraban
grandes incensarios, (sangkars), postes rituales y una sala donde los fieles encendían
lámparas alimentadas con mantequilla de yak.
El olor del incienso y de la mantequilla caliente impregnaba el ambiente.
Lo más impresionante era la cantidad de peregrinos que se concentraban frente a la fachada.
| sala lamparillas |
Esa mantequilla de yak se vendía en los puestos, en unos paquetes amarillos.
El koutou: una expresión de devoción
Muchos fieles practicaban postraciones frente al muro del Johkang.
Sin moverse de un punto, se inclinaban, arrodillaban y extendían el cuerpo por completo sobre el suelo. Repetidas veces.
Estas
prácticas expresan reverencia ante las imágenes sagradas.
El interior del Jokhang: capillas, Budas y murales
La entrada costaba 85 yuanes-9€(2011)
Tras pasar junto a las figuras de los dioses guardianes, se accedía a un patio interior decorado con imágenes y motivos religiosos. Allí se encontraba el trono ceremonial del Dalai Lama, además de las escaleras hacia las plantas superiores y el acceso al núcleo sagrado.
El templo
estaba organizado en torno a numerosas capillas. En ellas se acumulaban
imágenes de Buda, maestros religiosos, personajes históricos y divinidades
protectoras, acompañadas de murales, mandalas y ofrendas.
La
iluminación era tenue. Las lámparas de mantequilla proyectaban una luz cálida
sobre las imágenes, mientras el incienso impregnaba el aire.
En el centro
del santuario se encontraba Jowo Sakyamuni, la imagen más venerada del templo.
Después de
recorrer las capillas, la subida a la planta superior permitía descubrir nuevos
espacios religiosos y llegar finalmente a la azotea, con unas vistas fabulosas.
| trono DL |
La azotea del Jokhang: el Potala en el horizonte
Desde el
tejado se contemplaban el patio interior, la plaza del Barkhor y los tejados de
la ciudad antigua. A lo lejos, dominando el horizonte, aparecía el Potala.
En la cubierta destacaba la rueda del Dharma, con sus ocho radios, flanqueada por dos ciervos.
La rueda representa las enseñanzas de Buda y el camino óctuple; los ciervos recuerdan el primer sermón que impartió en el parque de los Ciervos de Sarnath, en la India.
El Jokhang
reunía así, en un mismo espacio, arquitectura, arte, historia y espiritualidad.
Cenar en el Barkhor
Tras la
visita, el paseo por las calles del barrio antiguo permitió regresar al
ambiente cotidiano de la plaza.
La cena tuvo
lugar en el restaurante Nam Tso. El menú incluía empanadillas de yak, arroz con
verduras y platos de pollo al curry y cerdo. La cuenta fue muy económica
El día había
reunido dos de los lugares más importantes de Lhasa: el Potala y el Jokhang más el barrio de Barkhor.
Pero la ciudad todavía tenía mucho que ofrecer fuera de sus grandes monumentos.
4. Norbulingka, el palacio de verano de los Dalai
Lamas
Un oasis de jardines en Lhasa
Norbulingka, cuyo nombre suele traducirse como «jardín del tesoro» o «parque de la joya», fue la residencia de verano de los Dalai Lamas.
Se encuentra al oeste del
Potala y constituye uno de los grandes conjuntos históricos de Lhasa.
Su
construcción comenzó en el siglo XVIII, bajo el séptimo Dalai Lama, y las
generaciones posteriores fueron añadiendo palacios, pabellones y jardines. El
conjunto terminó convirtiéndose en un importante centro residencial, político y
cultural.
El trayecto desde el centro se realizó en autobús público, por un yuan y unos quince minutos de trayecto. Lo tomamos en la avenida Beijing Donlou.
A pie, el recorrido suponía aproximadamente
media hora.
La entrada costó 65 yuanes por persona.
No estaba permitido
fotografiar los interiores.
Tras cruzar un arco flanqueado por dos grandes leones tibetanos, se accedía a un entorno de jardines, estanques y pabellones rodeados de vegetación.
Los palacios y la vida privada de los Dalai Lamas
Tras pasar el arco de entrada flanqueado por dos grandes leones tibetanos, pasamos a esos jardines y enseguida nos encontramos el palacio del octavo Dalai lama (1758-1804) Exquisito, refinado.
El recorrido
continuaba por el Nuevo Palacio de Verano, construido durante el siglo XX para
el decimocuarto Dalai Lama, Tenzin Gyatso. Este complejo, levantado entre 1954
y 1956, conserva espacios vinculados a su vida antes del exilio.
En sus
dependencias se encontraban la sala de audiencias, los salones de reunión, el
dormitorio y el trono. También se mostraban objetos asociados a los últimos
días de su estancia en Lhasa.
En 1959, el
decimocuarto Dalai Lama abandonó el Tíbet y huyó a la India, donde establecería
su residencia en el exilio.
5. Arte contemporáneo tibetano: Budas, cubismo y
cultura pop
De vuelta al
Barkhor, el almuerzo tuvo lugar en el restaurante Mandala. Esta vez el menú
incluía hamburguesas vegetarianas, momos —empanadillas tradicionales— y
chapatis. La cuenta fue de 215 yuanes para cinco personas, incluidos Tsua y su
mujer.
Después
llegó una sorpresa: una galería de arte situada en la segunda planta de una de
las casas tradicionales con patio interior.
Algunas
obras eran atrevidas y rompedoras. Había representaciones de Budas con rostros
inspirados en Mickey Mouse o Batman, junto a pinturas de influencia cubista y
otras que recordaban al arte pop de Andy Warhol.
Entre los
artistas que figuraban en las notas estaban Songlang Tsering, nacido en Lhasa
en 1977, y Gade, también nacido en Lhasa, en 1971.
Junto a estas propuestas contemporáneas había obras clásicas y realistas.
El contraste
mostraba que el arte tibetano no se limita a reproducir iconos religiosos
tradicionales: también puede reinterpretarlos, cuestionarlos y establecer
diálogos con los lenguajes artísticos internacionales.
Aquella
visita aportaba una mirada distinta sobre Lhasa, una ciudad donde tradición y
modernidad conviven de manera compleja.
6. El Lingkhor: el gran circuito sagrado de Lhasa
Qué es el Lingkhor
Es el gran circuito exterior de peregrinación de la antigua Lhasa.
Históricamente conectaba espacios sagrados y recorridos rituales relacionados
con el Jokhang, el Potala y las colinas de los alrededores.
A diferencia
de la kora del Barkhor, que rodea el templo Jokhang, o del Tsekhor, que
circunda el Potala, el Lingkhor abarcaba un territorio mucho más amplio.
Unos ocho kilómetros, aunque
la distancia depende del trazado y de los tramos que se incluyan.
El paseo comenzó junto al
chorten occidental, en la esquina suroeste del palacio, detrás de la gran
pantalla de la avenida.
El itinerario permitió descubrir templos pequeños, espacios de culto escondidos y rincones sorprendentes.
| lo iniciamos en el chorten occidental |
Chakpori: arte religioso grabado en la roca
Enseguida llegamos a las laderas de la colina Chakpori
También se encontraban
artesanos dedicados a trabajar la piedra y elaborar imágenes religiosas.
El recorrido pasó junto al convento de Drubthub y continuó hacia Palha Lupuk, un pequeño santuario-cueva vinculado por la tradición a Songtsen Gampo.
Su ambiente
era recogido, muy diferente del de los grandes monasterios.
Este tramo terminaba en un fondo de saco, por lo que fue necesario regresar al chorten occidental para continuar por la avenida Beijing Donglu.
Los yaks dorados y el mercado de alimentos
A medio
camino apareció una estatua de yaks dorados, levantada para conmemorar el
cuadragésimo aniversario de la llamada liberación pacífica del Tíbet.
Frente a
ella se encontraba un gran mercado chino de alimentos. Entrar en él suponía
cambiar por completo de ambiente: de las capillas y los senderos de
peregrinación se pasaba a un espacio comercial lleno de productos frescos y
actividad cotidiana.
Parmari y el templo de Gesar Ling
Alcanzamos la colina de Parmari, donde visitamos el
templo de Gesar Ling.
En la planta superior había
imágenes budistas, mientras que en la inferior aparecían figuras relacionadas
con distintas tradiciones religiosas y culturales, entre ellas representaciones
de Confucio y del legendario héroe tibetano Gesar, asociado con
Guandi, una divinidad guerrera de la tradición china.
En una
esquina había una piedra sobre la que algunos visitantes se frotaban la
espalda, atribuyéndole propiedades curativas.
Cerca se encontraba el monasterio de Kunde Ling, con su patio interior colorido y dos templos.
La pared de los mil Budas
Más
adelante, un incensario situado en mitad de la calle parecía señalar la
continuación del circuito. El camino se internaba por un callejón descuidado,
con grafitis y paredes deterioradas.
Una enorme pared
rocosa cubierta de imágenes de Buda.
Frente a
ella se levantaba un chorten amarillo, de forma triangular, construido con un
entramado de listones de madera que sostenía numerosas piedras mani
pintadas.
El sendero
continuaba por la otra vertiente de Chakpori, junto a nuevas paredes con
bajorrelieves de Buda y representaciones de caballos del viento. Aquí y allá
aparecían piedras grabadas con mantras, astas de yak, huesos inscritos y
pequeñas figuras religiosas de barro conocidas como tsa-tsa.
Sin embargo, el camino volvió a convertirse en un callejón deteriorado.
Finalmente desembocó en una esquina de Jiangsu Donglu, donde terminó aquel tramo del recorrido.
Desde allí,
el regreso al centro transcurrió en paralelo al río Kyichu, que en esa zona
rodea la isla de Taiyang, conocida como la isla del Sol.
El Lingkhor
había mostrado una Lhasa más escondida y sorprendente.
7. El Potala iluminado: una última vuelta bajo la
noche tibetana
La jornada
terminó con una cena en Dicos, una hamburguesería situada en la avenida Yutuo
Lu, entre el Potala y el Barkhor.
Pero todavía
quedaba una última experiencia: regresar al Potala para contemplarlo iluminado
y repetir el circuito de peregrinación.
El entorno adquiría un carácter más íntimo. Las luces del palacio, las velas y los fanales, junto con la presencia de peregrinos que continuaban caminando y haciendo girar las ruedas de oración, convertían el recorrido en una experiencia especialmente evocadora.
La imagen
del Potala iluminado permanecía como una de las estampas más poderosas de la
estancia en Lhasa.
8. Consejos para visitar Lhasa, el Potala y el Jokhang
Aclimatarse a la altitud
Lhasa se
encuentra a unos 3.650 metros sobre el nivel del mar. Es importante reservar
tiempo para aclimatarse, caminar despacio y evitar esfuerzos intensos durante
los primeros días. La subida al Potala y las escaleras de los monasterios
pueden resultar exigentes.
Organizar la visita al Potala con antelación
El acceso
está sujeto a normas de reserva, horarios y aforo que pueden cambiar. Es
recomendable comprobar los procedimientos oficiales antes del viaje y confirmar
si se necesita documentación o autorización adicional.
Respetar las normas de los templos
En los
espacios religiosos hay que respetar las indicaciones sobre fotografías,
vestimenta y comportamiento. En algunas capillas no está permitido fotografiar
el interior. Conviene evitar tocar imágenes y objetos rituales y no interrumpir
las prácticas de los peregrinos.
Llevar agua y calzado cómodo
Las visitas
incluyen escaleras, patios y recorridos a pie. El calzado cómodo y el agua son
esenciales, especialmente durante las caminatas alrededor del Potala y el
Lingkhor.
Consultar los precios actuales
Las
cantidades que aparecen en este artículo corresponden al viaje realizado en 2011 y se ofrecen como referencia histórica. No deben utilizarse como tarifas
actuales para entradas, transporte, restaurantes o alojamiento.
Reservar tiempo para caminar sin rumbo fijo
Los grandes
monumentos son imprescindibles, pero algunos de los mejores momentos aparecen
en los callejones del Barkhor, las casas de té, los pequeños mercados y los
rincones religiosos menos conocidos.
9. Nuestra impresión de Lhasa
Lhasa deja
una impresión que va mucho más allá de sus monumentos. El Potala asombra por
su arquitectura y por la historia que encierra; el Jokhang conmueve por la
intensidad de la devoción que lo rodea; Norbulingka ofrece una mirada más
íntima sobre la vida de los Dalai Lamas.
Pero también
permanecen en la memoria los detalles aparentemente menores: el té dulce
servido en un termo, el yogur de yak, los peregrinos haciendo girar las ruedas
de oración, las piedras grabadas con mantras o aquella pared cubierta de Budas
que apareció inesperadamente al final de un callejón.
Lhasa es una
ciudad de contrastes. Conviven en ella los grandes espacios monumentales y los
pequeños santuarios, las tradiciones religiosas y las expresiones artísticas
contemporáneas, la vida cotidiana y la solemnidad de los lugares sagrados.
Junto a una tercera perspectiva: avenidas modernas, con edificios vanguardistas, arcos y farolas llamativas.
Conocerla
exige algo más que visitar sus principales monumentos. Hay que caminar,
observar y dedicar tiempo a comprender el significado de los lugares que se
atraviesan. Y, sobre todo, integrarse con su gente. amable, simpática, hospitalaria.
El Tíbet todavía tenía mucho que mostrar, pero estas dos jornadas habían permitido acercarse a la esencia de Lhasa: una ciudad donde el paisaje, la historia y la espiritualidad van de la mano.


No hay comentarios:
Publicar un comentario