Cómo salir del Tíbet cuando no
hay billetes: nuestra despedida de Lhasa
En este artículo encontrarás…
- El problema: no tenemos
billetes para salir del Tíbet
- Una agencia junto al Potala nos
da una solución
- La despedida de Tsua y Dundrup
- Una noche de música y bailes
tradicionales tibetanos
- El último paseo por Lhasa
- De Lhasa a Pekín
- Nuestra impresión de la despedida del Tíbet
1. El problema: ¡¿cómo salir del Tíbet?!
Como nos sucedió a la venida, cuando descubrimos que no teníamos los billetes de tren Pekín-Lhasa, nuevamente la agencia nos sorprendió con que no disponíamos de medios para salir del Tíbet, ni en tren ni en avión. Esto lo comunicaron a última hora.
¡¿Y ahora
cómo saldríamos del Tíbet?!
Fuimos a las oficinas de Air China, pero allí tampoco había plazas disponibles.
La
incertidumbre empezaba a apoderarse de nosotros: teníamos una fecha límite para
estar en Pekín, el día 27, y no podíamos permitirnos quedarnos bloqueados en
Lhasa.
Nos refugiamos en un cibercafé y empezamos a consultar buscadores de vuelos. Los vuelos de Lhasa a Pekín o a Katmandú superaban los 400 euros. Lo dejamos como último recurso.
Nos atendió
una gerente muy simpática a la que explicamos que necesitábamos
llegar a Pekín en dos días, antes del día 27.
Escuchó
nuestras explicaciones y nos dijo que intentaría conseguir una solución. Nos
citó de nuevo a la tarde y, mientras tanto, dejamos nuestros
pasaportes para que pudiera hacer las gestiones necesarias.
Fuimos a
comer y regresamos a la hora acordada.
Para el día siguiente no quedaban plazas. La noticia nos sobrecogió. ¡Pero sí había posibilidad de volar el 26 de agosto con China Southern Airlines! Uf
Todavía
tuvimos que esperar una hora mientras terminaba de tramitar los billetes. Finalmente,
conseguimos los pasajes por 2.850 yuanes por persona, unos 300 euros al
cambio que manejábamos entonces.
No era
precisamente barato, pero en aquellas circunstancias lo importante era poder
salir del Tíbet y llegar a tiempo a Pekín.
3. La despedida de Tsua y Dundrup
Aunque la
agencia no había conseguido los billetes de tren ni de llegada ni de vuelta,
nuestra relación con ellos había sido estupenda. Durante el viaje se habían
mostrado atentos y amables, y la experiencia compartida había sido fantástica.
Gracias a Tsua
tuvimos otras ventajas como poder interactuar con los nómadas, asistir al
festival de Gyantze o visitar centros alternativos tanto en Lhasa como en otras
ciudades.
Para
despedirnos, quedamos con ellos con Tsua y Dundrup, su jefe, en el restaurante
Snowland, para invitarlos a cenar. Vinieron acompañados de sus esposas.
Se
disculparon por no haber podido resolver el asunto del tren. Nos explicaron que
habían hecho todo lo posible, pero que eran una agencia pequeña y tenían menos
capacidad de gestión que otras empresas de mayor tamaño.
Entendimos
sus explicaciones. Sabíamos que el viaje a Tíbet podía conllevar esos
contratiempos.
Al final, un
viaje también se construye con las personas que encontramos por el camino. Y
Tsua y Dundrup habían contribuido a que nuestra experiencia por el Tíbet fuera
mucho más que una sucesión de visitas.
Asi se
demostró con la magnífica sorpresa que nos tenían preparada para después de
cenar…
4. Una noche de música y bailes tradicionales
tibetanos
Nuestros
anfitriones nos propusieron ir a un local de fiestas tibetano.
Aquella
sorpresa resultó ser una de las mejores formas de despedirnos del país.
Entramos en
una amplia sala donde se distribuían grupos de mesas bajas, taburetes y sofás. En
el centro había un escenario y, como telón de fondo, una gran imagen del
Potala.
No era el
típico espectáculo turístico. De hecho, los únicos extranjeros que había éramos nosotros. Al menos,
así lo vivimos nosotros: el ambiente parecía formar parte de una celebración en
la que la música, los bailes y los trajes tradicionales tenían un lugar
protagonista.
Sobre el
escenario se sucedían las danzas folclóricas, con sus vistosos atuendos y
movimientos característicos.
Los artistas interpretaban una actuación tras otra, mientras el público seguía el espectáculo desde las mesas.
Poco a poco entendimos que aquello era también una forma de mantener vivas las tradiciones. En un territorio donde la cultura tibetana ha atravesado momentos muy difíciles, conservar la música, los bailes y las vestimentas tradicionales tiene un valor que va más allá del entretenimiento.
Las cervezas
Lhasa iban cayendo y el ambiente era cada vez más animado. Los asistentes
llevaban una alegría contagiosa, pero todo transcurría con una cordialidad que
nos hizo sentir muy a gusto.
El público
también participaba. Algunos parroquianos subían espontáneamente al escenario
para bailar, mientras otros se acercaban a los artistas para ofrecerles khatas,
las tradicionales bufandas ceremoniales tibetanas que expresan respeto, buenos
deseos y agradecimiento.
El
espectáculo parecía no tener fin. Una actuación daba paso a otra, entre bailes,
música y aplausos. Nosotros, encantados con la experiencia, nos dejamos llevar
por aquella noche tan diferente.
¡Qué mejor
despedida del Tíbet!
A las cinco
de la madrugada decidimos retirarnos. Tomamos un taxi de vuelta al hotel, con
la sensación de haber vivido una de esas experiencias inesperadas que terminan
convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos de un viaje.
5. El último paseo por Lhasa
Dedicamos el último día completo a
despedirnos de los lugares que habían marcado nuestra estancia en la capital
tibetana.
Volvimos a
pasear por el Barkhor, con su constante ir y venir de peregrinos, sus puestos y
sus callejuelas. Regresamos también a los alrededores del Jokhang, corazón
espiritual de la ciudad, y contemplamos una vez más el Potala, el gran palacio
que domina Lhasa desde lo alto de la Colina Roja.
Aquellas calles ya nos resultaban familiares.
Era hora de hacer las últimas compras,
disfrutar de los últimos paseos y guardar en la memoria las imágenes de una
ciudad que nos había sorprendido por su mezcla de espiritualidad, historia y
vida cotidiana.
También
quedaba atrás la emoción de las primeras visitas, la altura, las largas
excursiones y las conversaciones con nuestros guías y las gentes que fuimos
conociendo. El viaje estaba llegando a su fin, aunque todavía nos esperaba una
última jornada de carretera y avión.
6. De Lhasa a Pekín: por fin, rumbo al aeropuerto
26 de
agosto. A las ocho
de la mañana, Tsua pasó a recogernos para llevarnos al aeropuerto de Lhasa
Gonggar.
Nos esperaba
un trayecto de unos 66 kilómetros por una buena carretera de varios carriles.
Nos llamó la atención aquella gran infraestructura viaria, que
facilitaba el acceso al aeropuerto y contrastaba con la dureza de muchos de los
caminos que habíamos conocido en las zonas rurales del Tíbet.
El
aeropuerto de Gonggar se encuentra al sur de Lhasa, junto al río Yarlung Tsangpo. L
La distancia
desde la ciudad y la altitud del aeropuerto hacen aconsejable calcular con
margen el tiempo necesario para llegar y completar los trámites de salida.
| aeropuerto de Lhasa |
Finalmente,
a las diez y cuarenta y cinco de la mañana despegamos en un avión de China
Southern Airlines con destino a Pekín.
Después de
la incertidumbre de los últimos días, por fin estábamos en el aire y camino de
la capital china, donde debíamos continuar nuestro viaje.
Dejábamos atrás el Tíbet, sus montañas inmensas, los monasterios, las banderas de oración, las largas carreteras y las personas que nos habían acompañado en aquella aventura.
7. Nuestra impresión de la despedida del Tíbet
El final de
nuestro viaje tuvo un poco de todo: incertidumbre, nervios, una búsqueda
desesperada de billetes y, finalmente, una solución que nos permitió salir de
Lhasa a tiempo. No fue el regreso tranquilo que habíamos imaginado, pero sí una
experiencia que nos recordó que viajar también significa saber reaccionar
cuando los planes se tuercen.
Nos llevamos
un buen recuerdo de Tsua y Dundrup, de su atención durante el recorrido y de
aquella cena de despedida que terminó convirtiéndose en una noche inolvidable
de música y bailes tibetanos. Aquel local, lleno de gente del país y con el
Potala presidiendo el escenario, fue mucho más que una última fiesta: nos
permitió despedirnos de una cultura que habíamos intentado conocer de cerca
durante todo el viaje.
El Tíbet nos
había regalado paisajes extraordinarios, monasterios que parecían suspendidos
entre el cielo y la tierra, peregrinos incansables y encuentros que
permanecerían en nuestra memoria mucho después de regresar a casa.
Nos
marchábamos con la satisfacción de haber vivido una aventura intensa, con la
sensación de que todavía quedaban muchos lugares por descubrir y con una última
lección aprendida: en los viajes, no siempre sale todo como estaba previsto,
pero a veces los imprevistos también forman parte de la historia que merece la
pena contar.
Y una vez
más… ¡paren el mundo, que me subo!
No hay comentarios:
Publicar un comentario